Hay algo especialmente significativo en que una exposición titulada Les (IN)visibles recorra Barcelona precisamente en el año en que la ciudad es Capital Mundial de la Arquitectura. La exposición recupera el trabajo de arquitectas que durante décadas quedaron fuera del relato oficial de la disciplina. No es solo un acto de justicia histórica. Es también un espejo. Y ese espejo devuelve una imagen que el urbanismo contemporáneo todavía tiene dificultades para mirar: la de una profesión que durante siglos se ha presentado como neutral y universal, cuando en realidad respondía a una mirada muy concreta. La de un sujeto masculino, blanco, adulto, económicamente autónomo, sin responsabilidades de cuidado y perfectamente móvil.
El problema no es solo de representación. Es también de método. Y de resultados. Porque las ciudades proyectadas desde una única mirada tienden a funcionar bien para ese tipo de persona y peor, o muy mal, para todas las demás. Personas mayores, niños, personas con discapacidad, migrantes, quienes cuidan de otros, quienes viven en barrios periféricos sin automóvil, quienes no se sienten seguros en el espacio público cuando cae la noche. No son minorías. Son la mayoría de las personas que habitan las ciudades. Y que sus experiencias hayan quedado fuera del proyecto urbano no es solo un problema de justicia social. También es un problema de eficiencia, de resiliencia y de sostenibilidad.

El globus vermell / Association MéMO (Mouvement pour l’équité dans la maîtrise d’oeuvre)
EL FALSO UNIVERSAL
La geógrafa urbana Jane Darke escribió que nuestras ciudades son «el patriarcado escrito en piedra, ladrillo, vidrio y hormigón». Pero quedarse únicamente en esa lectura sería demasiado sencillo. Lo que nuestras ciudades han inscrito en el espacio construido es algo más preciso: un sujeto universal imaginario. El trabajador adulto y sano que se desplaza en automóvil entre su casa y la oficina, que no lleva a sus hijos al colegio, no acompaña a sus padres mayores al médico y no tiene miedo de atravesar un parque después de las ocho de la tarde. Ese sujeto nunca ha existido como universal. Pero durante décadas ha gobernado la planificación urbana como si lo fuera. Los sistemas de movilidad se han diseñado pensando en el desplazamiento lineal y pendular, ignorando una movilidad mucho más fragmentada y múltiple: la de quienes se ocupan de los cuidados. Una movilidad que no es «femenina» por naturaleza, pero que en la realidad actual recae de forma desproporcionada sobre las mujeres, sobre las personas migrantes que trabajan en el ámbito de los cuidados, sobre las personas mayores que acompañan a sus nietos y sobre jóvenes sin permiso de conducir que viven en barrios mal comunicados por transporte público. Una acera demasiado estrecha excluye a quienes llevan un carrito de bebé. Pero también a quien utiliza una silla de ruedas, a quien tiene dificultades para caminar o a quien vuelve a casa cargado con la compra. Una iluminación insuficiente en las calles secundarias afecta a quienes tienen una menor sensación de seguridad. Mujeres, por supuesto, pero también personas mayores que evitan salir por la noche, personas que viven en barrios estigmatizados o quienes simplemente prefieren no hacerse visibles.
Zaida Muxí, una de las fundadoras del Col·lectiu Punt 6, ha mostrado cómo esta parcialidad no es una omisión casual, sino una construcción que se ha ido acumulando con el tiempo. La ciudad moderna nació, en buena medida, de la separación industrial entre el espacio de la producción y el de la reproducción. La fábrica, pública y económicamente valorada, por un lado. La casa, privada y económicamente invisible, por otro. Aquella separación dejó una huella profunda: la zonificación funcional, la periferia dormitorio, la dependencia del automóvil, el verde relegado muchas veces a un elemento decorativo. No es una herencia neutra. Es una herencia que sigue produciendo vulnerabilidades concretas, cotidianas y silenciosas.
INCLUSIÓN Y SOSTENIBILIDAD
En el debate sobre la transición ecológica de las ciudades hay una conexión que pocas veces se plantea de forma explícita: contar con una pluralidad de miradas en el proyecto urbano no es solo una cuestión ética. También es un recurso para la sostenibilidad. Las ciudades diseñadas alrededor de ese sujeto universal imaginario son también, con frecuencia, las ciudades más dependientes del automóvil, más consumidoras de energía, más impermeabilizadas y más frágiles frente a los fenómenos climáticos extremos. Pensar la movilidad a partir de los recorridos de cuidado —cortos, múltiples, no lineales y muchas veces peatonales o ciclistas— significa pensar una movilidad que, por su propia naturaleza, puede ser más sostenible. Diseñar barrios donde los servicios de proximidad sean parte de la estructura urbana y no algo residual significa reducir desplazamientos, disminuir emisiones y hacer que la vida cotidiana dependa menos del vehículo privado. Integrar el verde como una infraestructura accesible y distribuida —no solo unos pocos grandes parques aislados, sino una red capilar pensada para quien camina, para los niños que juegan, para las personas mayores que necesitan sentarse— significa también reducir la isla de calor, gestionar el agua de lluvia y crear corredores ecológicos que atraviesen los barrios. Son objetivos que la literatura sobre sostenibilidad persigue desde hace décadas. Y que el urbanismo inclusivo persigue por razones estructurales, no estéticas. El Col·lectiu Punt 6, en su propuesta de Urbanismo feminista, plantea poner la vida cotidiana y el trabajo de cuidados en el centro de la planificación. No como una concesión sentimental, sino como un cambio de método. Un espacio pensado para quien se desplaza lentamente, lleva cargas, se mueve en horarios diferentes y necesita lugares donde descansar y acceder a servicios es un espacio que funciona para casi todos. Un espacio pensado para el trabajador que se desplaza en automóvil funciona bien, sobre todo, para él. Y produce sistemas urbanos que trasladan enormes costes al resto: congestión, contaminación, aislamiento, inseguridad, consumo de suelo.

Las comunidades que mejor resisten los impactos —sean climáticos, económicos o sanitarios, como vimos durante la pandemia— son aquellas donde existen más relaciones de proximidad, redes de cuidado activas e infraestructuras de barrio. Son precisamente las cosas que un urbanismo construido alrededor del mito del individuo autónomo ha ido debilitando. Incorporar a la planificación a quienes gestionan esas redes cada día, y que muchas veces nunca han tenido voz en las salas donde se toman las decisiones, no es un gesto de cortesía: es una de las pocas formas de construir ciudades realmente resilientes.
LA CIUDAD DE LAS DIFERENCIAS
Aquí es necesario dar un paso más allá de la categoría de género. Quedarnos en la cuestión «femenina» puede acabar creando otra norma parcial en lugar de cuestionar la anterior. Las mujeres no forman un grupo homogéneo. Sus experiencias urbanas cambian radicalmente según la edad, el origen, la situación económica, la discapacidad, la condición migratoria, la orientación sexual o la religión. Una mujer mayor que vive en una periferia sin transporte público experimenta la ciudad de una manera muy diferente a una profesional de cuarenta años que vive en el centro de una capital europea. Una joven de origen extranjero que vive en un barrio estigmatizado puede experimentar una superposición de desigualdades —de género, de origen, de clase— que ninguna de esas categorías, tomada por separado, consigue explicar. Un hombre con discapacidad motora que vive en una ciudad de escaleras y aceras deterioradas comparte muchas de las barreras físicas señaladas por la crítica al urbanismo androcéntrico. Pero su experiencia no puede reducirse al género. Un migrante que no domina la lengua de la señalización, o que no confía en las fuerzas de seguridad presentes en un espacio público, experimenta una forma de exclusión en la que se cruzan origen, clase e historia. No es simplemente una cuestión de sexo.
El concepto de interseccionalidad, desarrollado por la jurista Kimberlé Crenshaw a partir del análisis de las discriminaciones sufridas por mujeres negras en Estados Unidos, sirve precisamente para nombrar esta complejidad. Las desigualdades no se suman. Se multiplican. Una ciudad que mejora las condiciones para «las mujeres» en abstracto puede seguir dejando intacta la exclusión de las mujeres mayores, migrantes y con pocos recursos que viven en barrios periféricos. Un estudio de seguridad que solo tiene en cuenta el género puede no detectar la discriminación racial que convierte determinados espacios en lugares hostiles, independientemente del sexo de quien los atraviese.
Leslie Kern, en La ciudad feminista, propone «empezar por el cuerpo» como metodología. Partir de la experiencia concreta: el peso de una bolsa de la compra, el cansancio de subir unas escaleras con un carrito de bebé, la ansiedad de atravesar un aparcamiento subterráneo. Pero ese cuerpo tampoco es genérico: tiene una edad, una historia, una forma física, un origen, una situación económica. Incluir esa especificidad no significa renunciar a generalizar. Significa que la generalización debe venir después, no antes. Debe construirse a partir de la diversidad de experiencias y no imponerse sobre ellas desde arriba.

LAS ARQUITECTAS INVISIBLES
La exposición Les (IN)visibles toca un punto especialmente sensible de la disciplina. Despina Stratigakos, en su ensayo Where Are the Women Architects?, ha investigado los mecanismos mediante los cuales las mujeres fueron excluidas de la historia oficial de la arquitectura: premios concedidos casi exclusivamente a hombres, manuales que ignoraron sus contribuciones y una crítica que convirtió las obras de mujeres en excepciones curiosas, en lugar de reconocerlas como parte de una historia disciplinar coherente. Margarete Schütte-Lihotzky diseñó en 1927 la primera cocina modular racional de la historia. Eileen Gray diseñó su casa E-1027, cuya autoría fue atribuida durante décadas a Le Corbusier. Lilly Reich participó en el diseño del Pabellón de Barcelona, pero el nombre que quedó fue el de Mies van der Rohe. Son historias individuales que dibujan una geometría colectiva. Pero el problema no termina recuperando esos nombres para la historia, aunque sea necesario hacerlo. La pregunta es más amplia. ¿Qué miradas siguen faltando hoy en los lugares donde se decide cómo son nuestras ciudades? ¿Quién participa en los procesos de planificación? ¿Qué voces tienen poder real sobre las decisiones de proyecto y cuáles cumplen únicamente una función decorativa en una asamblea pública convocada cuando las decisiones importantes ya están tomadas?

La respuesta no es especialmente cómoda. Las salas donde se decide —los consejos de administración de las grandes empresas de diseño, los jurados de concursos, las universidades, las mesas institucionales— siguen estando ocupadas, en muchos casos, por personas que se parecen bastante entre sí. Y esa semejanza produce, inevitablemente, puntos ciegos. No porque las personas actúen de mala fe. Sino porque cada mirada tiene su propio punto ciego. Y el problema de un punto ciego es precisamente que quien lo tiene no se da cuenta.

LAS CRÍTICAS NECESARIAS
Sería un error presentar el urbanismo inclusivo como un campo sin tensiones internas. Las críticas más interesantes vienen precisamente de dentro y merecen ser escuchadas. La primera tiene que ver con el riesgo de que la interseccionalidad, cuando pasa de la teoría a las instituciones, se convierta en un requisito burocrático. Una casilla más que marcar en los documentos de planificación, sin modificar realmente las prioridades de inversión ni los mecanismos de poder que determinan las decisiones. Cuando una administración local aprueba un «plan con perspectiva de género» pero no modifica la composición de sus órganos de decisión ni los criterios con los que distribuye los recursos, la operación puede quedarse en una cuestión de imagen. El lenguaje cambia. La ciudad, no.
La segunda crítica tiene que ver con las herramientas que se proponen: auditorías de seguridad percibida, mapas de recorridos de cuidado, procesos de participación. Son herramientas útiles. Pero pueden convertirse en técnicas aparentemente neutras cuando se separan del contexto político en el que nacieron. Un banco más cómodo y algunas farolas nuevas pueden mejorar la percepción de un barrio. Pero no modifican necesariamente los mecanismos de especulación inmobiliaria, gentrificación o expulsión de las personas más vulnerables. La forma puede cambiar mientras las estructuras permanecen intactas.
La tercera cuestión es quizá la más incómoda: ¿quién habla en nombre de quién? Los procesos participativos, cuando no se diseñan con cuidado, suelen dar más espacio a las voces que ya están organizadas: asociaciones vecinales, colectivos, residentes estables. Mientras tanto, quedan fuera quienes tienen más dificultades para participar. Quien no tiene tiempo para acudir a una reunión por la tarde. Quien no habla la lengua de las instituciones. Quien no confía en los interlocutores institucionales por razones históricas perfectamente comprensibles. Incluir de verdad significa hacer un esfuerzo diferente: ir hacia quienes no vienen, no esperar a que lleguen.
CAMBIAR LA MIRADA
La relación con el debate sobre la sostenibilidad ambiental es más estrecha de lo que parece. Y también más incómoda. En ambos casos el problema no es que no existan herramientas. Las técnicas existen. La literatura es abundante. Las experiencias tampoco faltan. El problema es otro. Es político antes que técnico. La dificultad está en cuestionar los paradigmas que siguen determinando quién produce la ciudad y desde qué criterios. La sostenibilidad no está en construir siempre algo nuevo y perfecto. Está también en transformar en profundidad lo que ya existe. En mejorar lo imperfecto en lugar de volver a construir desde cero como si el pasado no existiera. Con la inclusión ocurre lo mismo. No se trata de añadir una categoría más de usuarios a un proyecto que ya está definido. Como cuando se añade una rampa al final a un edificio que nunca fue pensado para ser accesible. Se trata de cuestionar el punto de partida: preguntarnos para quién estamos diseñando antes de empezar a diseñar. El sujeto imaginario para el que se ha pensado el espacio debería ponerse en cuestión antes que el propio proyecto. Reformar el proceso, no remendar el resultado.
Una ciudad verdaderamente sostenible no es solo aquella que emite menos carbono. Es aquella que funciona para la mayoría de las personas que la habitan, incluidas las que hasta ahora han quedado fuera del relato. Incorporar una pluralidad de miradas al proyecto urbano no es un acto de generosidad. Es una forma de construir ciudades más resilientes y más cohesionadas. Porque quien ha aprendido a moverse por una ciudad hostil —quien ha encontrado soluciones ante la falta de ascensores, de servicios, de seguridad o de reconocimiento— ha desarrollado un conocimiento práctico del espacio que no aparece en ningún manual. Y precisamente ese conocimiento es el que nos falta.
La exposición Les (IN)visibles no es solo una exposición para profesionales. Es una invitación a mirar aquello que hemos decidido no ver. Y a preguntarnos si esas decisiones —en la historia de la arquitectura y también en la historia de nuestras ciudades— siguen siendo las que queremos continuar tomando.

El globus vermell / Association MéMO (Mouvement pour l’équité dans la maîtrise d’oeuvre)
Cinzia Maggio
Referencias
Zaida Muxí, Mujeres, casas y ciudades.
Leslie Kern, La ciudad feminista.
