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ÚLTIMOS DÍAS DE UNA CASA… COMIENZO DE UNA CIUDAD | Guillermo Torres

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Podría decirse que el cambio de una ciudad y sus consecuencias casi siempre están reflejados en la literatura. Los encargados de conformar la memoria citadina colectiva vuelcan sus sentimientos, añoranzas, necesidades y vivencias en cuartillas en blanco, que con el tiempo y un poco de suerte llegan a ser publicadas. Es entonces cuando experimentan ese brotar temerosamente efímero, con el que se convierten en arquitectos de palabras.

Así ocurre con las grandes ciudades del mundo, y con las pequeñas. En todo lugar que el hombre transforma el espacio hay algún testigo para contarlo. El desarrollo tecnológico ha hecho de esto una tarea fácil, y es así como las fotografías y reseñas pululan de blog en blog, en las redes sociales, en las web más especializadas y en las de simple carácter informativo. Todo vale…

El barrio de El Vedado, en La Habana (Cuba) comenzó a construirse a finales del siglo XIX y experimentó su gran transformación en el siglo XX. En 1870 se alzaban unas 20 casas y hacia 1902 el número de viviendas había ascendido a 1162, lo cual significó para muchos la ruptura con un pasado de silencios esquivos. Surgía un barrio de notable elegancia, tranquilidad y calidez, y sus calles que sólo repetían el ruido de los carruajes tirados por caballos sobre los adoquines, comenzaban a repetir el eco de los claxon de “veloces” coches.

Ante los cambios de el barrio de El Vedado, una de esas casas situada en la calle Línea entre 14 y 16, tuvo voz propia a través de una de sus habitantes…

<¿Sabe el albañil, el constructor en general, el arquitecto mismo, la trascendencia que encierra la edificación de una casa? Eso me preguntaba yo en los días en que, por hijo de arquitecto, ayudaba a un hermano mío en esa clase de tareas. Y mi respuesta era duramente negativa. La costumbre es la enemiga del rito.> De esta sentenciosa manera comienza Antonio Oliver su prólogo a un poema de Dulce María Loynaz, Últimos días de una casa, publicado en Madrid en diciembre de 1958. Esta obra poética es un testimonio veraz de los cambios de una ciudad, de la transformación del espacio vivido en aras de la modernidad…

 

No sé por qué se ha hecho desde hace tantos días

este extraño silencio:

silencio sin perfiles, sin aristas,

que me penetra como un agua sorda.

Como marea en vilo por la luna,

el silencio me cubre lentamente.

Me siento sumergida en él, pegada

su baba a mis paredes;

y nada puedo hacer para arrancármelo,

para salir a flote y respirar

de nuevo el aire vivo,

lleno de sol, de polen, de zumbidos.

Tras leer estas líneas es obvio que en este caso quien habla es la casa, la casa que luego de albergar y ver crecer a sus hombres y mujeres, más que experimentar, sufre el cambio…

Nadie puede decir

que he sido yo una casa silenciosa;

por el contrario, a muchos muchas veces

rasgué la seda pálida del sueño

(…)

No me han faltado, claro está, días en blanco.

Sí, días sin palabras que decir

en que hasta el leve roce de una hoja

pudo sonar mil veces aumentado

con una resonancia de tambores.

Pero el silencio era distinto entonces:

era un silencio con sabor humano.

 

El hombre vive ansioso de dejar su huella en el espacio, como si de grabar su nombre en el tronco de un árbol se tratara. Y no sólo hago referencia a ingenieros y arquitectos encargados de realizar importantes proyectos para construir relevantes puentes y suntuosos rascacielos, incluyo también a científicos e investigadores, escritores, filósofos… todos pretendemos de alguna manera dejar algo a nuestro paso que nos identifique. La diferencia salta a la vista, nunca mejor dicho, con las obras arquitectónicas que en su mayoría perduran por años, y que en algunos casos son devoradas por la naturaleza y en otros por la intención de la humanidad.

 

No ha sido simplemente un trasiego de muebles.

Otras veces también se los llevaron

-nunca el piano, el espejo-,

pero era sólo por cambiar aquéllos

por otros más modernos y lujosos.

Ahora han sido todos arrasados

de sus huecos, los huecos donde algunos

habían echado ya raíces…

Y digo esto por lo que dolieron

los últimos tirones;

y por las manchas como sajaduras

que dejaron en suelo y en paredes.

Son manchas que persisten y afectan vagamente

las formas desaparecidas,

y me quedan igual que cicatrices

regadas por el cuerpo.

 

El espacio, tal cual lo hacen los adolescentes, madura; es entonces cuando prolifera en formas y en necesidades buscando su propia expansión, para lo cual reclama la mano del hombre. Esta interrelación hombre-espacio ha de surgir –seguro estoy- de los sentimientos y sensaciones que el espacio, como parte impalpable de la naturaleza, regala a la humanidad. Antonio Oliver resalta en el prólogo <el tremendo patetismo de este poema, en el que una casa, en trance agónico, nos cuenta delgada, suavemente, su historia, y clama y clama por los seres, por la familia que, como el alma del cuerpo, se ha ido.

 

¿Qué quieren esos hombres con sus torsos desnudos

y sus picas en alto?

(…)

La mañana es tan dulce,

el mundo todo tan hermoso,

que quisiera decírselo a este hombre;

decirle que un minuto se volviera

a ver lo que no ve por estarme mirando.

Pero no, no me mira ya tampoco.

No mira nada, blande el hierro…

¡Ay los ojos!…

 

Aclaración para profesionales de la transformación del espacio. Esta reseña sobre un poema no pretende hacer cambiar el mundo, ni los intereses y necesidades del hombre. Ni tan siquiera persigue sensibilizar a quienes lo lean hacia la memoria natural de las cosas. Pero si llegado el momento un trabajador de derribos, antes de alzar su pica o poner en marcha su excavadora dedica un minuto a escuchar los sonidos propios de la casa, a tocar levemente sus paredes y descubrir algunas de sus cicatrices, sería suficiente.

 

Los hombres son y sólo ellos,

los de mejor arcilla que la mía,

cuya codicia pudo más

que la necesidad de retenerme.

Y fui vendida al fin,

porque llegué a valer tanto en sus cuentas,

que no valía nada en su ternura…

Y si no valgo en ella, nada valgo…

Y es hora de morir.

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Dulce María Loynaz (La Habana 1902-1997). Entre otros reconocimientos ostenta el Premio Miguel de Cervantes 1992.

 

Guillermo Torres, Barcelona, 28 de agosto de 2014

About Guillermo Torres

Guillermo Torres (La Habana, 1958). Graduado de Pedagógico Superior, Univ. de La Habana. Redactor literario. Escritor. Actualmente reside en Barcelona.

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