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NO DISPAREN AL TURISTA [es] | Albert Arias Sans

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El impacto del turismo en Barcelona es uno de los temas destacados en la agenda actual de los debates sobre la ciudad, en los que se plantean cifras que –en mi caso- dejaré a un lado, para incidir en la interrelación de la vida cotidiana y lo que llamamos turismo en el espacio urbano; esto lo haré a través de una rxperiencia personal que me permitirá situar e introducir algunas reflexiones a pie de calle. No pretendo ser exhaustivo, me resultaría imposible, pero siento la necesidad de precisar y desmontar algunos discursos generalizados que apuntan a la práctica turística como responsable de algunos de los males de la ciudad.

Entre turistas

Entro en la biblioteca tras el café de media mañana. Ante mí hay una pareja. Nos cruzamos esa mirada de “me importa un pito lo que hagas, sólo pretendo ser educado”. Al cabo de un rato me doy cuenta… ¡Son turistas! El mapa señalando todos los Corte Inglés y la reproducción de los monumentos más importantes no engaña. Han venido a buscar refugio acondicionado en la biblioteca, como tantas personas que venimos a diario. Se van. Ni nos miramos. Llegan dos estudiantes y se ponen a charlar más alto que el saxo de Johnny Hodges de mis auriculares. Les pido que se callen. Por favor.

Descanso en un banco de la plaza Lesseps después de comer. Un hombre me hace una foto. Me fastidia que me tomen fotos sin preguntar. Lo miro con cara de pocos amigos y se va. Mientras intento quitarme la pereza de encima, leo un tweet: “Comiendo un menú en el restaurante del Ateneu BCN. Recomendable si está en el centro y no desea estar rodeados de turistas“. Seguro que se está muy bien -he estado muchas veces- pero en el Ateneu sólo puedes acceder si eres socio o si te acompaña un socio. No seré yo quien defienda la plaza Lesseps, pero se puede estar. En la plaza Villa de Madrid, contigua al Ateneu, no. Está permanentemente cerrada, literalmente. Lesseps es un espacio de una calidad terrible pero Villa de Madrid es directamente un atentado en la ciudad, y su diseño una indecencia urbanística. Básicamente porque en lugar de esponjar las calles de su alrededor, acentúa su masificación. Y de eso los turistas no tienen la culpa.

Vuelvo a revisar el timeline y me encuentro con esta noticia: “¡Los parques y jardines de Barcelona se llenan de música este verano!“. Anuncian 49 conciertos gratuitos en 27 espacios de la ciudad. Busco, iluso de mí, los conciertos en el Park Güell. No hay nada programado. El año pasado tampoco. En el Park Güell hay música en vivo todos los días. Algunos músicos son espectaculares, y gratis. Pero da mucha rabia que se trate de forma diferenciada y se excluya el parque sistemáticamente de la oferta cultural formal de la ciudad. Así es muy difícil reivindicar el parque en su vertiente comunitaria; es muy difícil fomentar un sentimiento de pertenencia más allá de su valor simbólico. Cuando el ayuntamiento anuncia a los vecinos que se iniciarán las obras para “regular el acceso turístico en la zona monumental” se está señalando de forma intencionada cuál es el espacio para los turistas, provocando de rebote la alienación del residente que no ve afectado sus derechos. En este sentido, cuando leo frases como “ya no podemos pasear por el barrio Gótico”, me estremezco. Sí que podemos. Todavía podemos. Es más, si no lo hacemos, corremos el riesgo de perderlo. La única manera de no ser despojados de la ciudad es vivirla y reivindicarla de forma activa, pero también actuarla. Sobre todo actuarla y practicarla cotidianamente junto con los turistas. Cargar contra los turistas no sirve de nada. He visto guiris en chanclas y calcetines blancos haciéndose fotos detrás de un graffiti que decía: Tourists go home. Haríamos bien en acostumbrarnos a la ciudad tal cual, porque no viviremos nunca más sin turistas. Si reclamamos y asumimos la segregación de espacios los acabaremos perdiendo para siempre.

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Sigo trabajando. Vaciando las ideas de un excelente artículo de Pablo Obrador-Pons [1]. Me encuentro con una reveladora cita de Tim Ingold: “Something must be wrong somewhere, if the only way to understand our own creative involvement in the world is by taking ourselves out of it“. Pues sí. Demasiado a menudo hablamos del impacto del turismo en la ciudad como si pudiéramos desvincularnos de las redes relacionadas con el turismo, de su efecto relacional. Y no, no podemos. El turismo en las diferentes manifestaciones afecta a nuestra vida cotidiana, pero además, nosotros formamos parte del turismo. Nuestra agencia, empezando por nuestros cuerpos cruzando la calle, forma parte del paisaje que muchos turistas esperan encontrar.

Sobre la necesidad de matizar el discurso

Releo un reciente artículo de Nicola Padovan que pone en cuestión el mantra oficial del “no podemos vivir sin el turismo”, refutando los datos de ingresos turísticos y contrastándolos con los del paro. Tengo muchas ganas de darle la razón, pero hay que matizar los motivos. Que el discurso del ayuntamiento es tramposo, está claro. Que hay que rendir cuentas de forma clara y transparente sobre la balanza de pagos y la redistribución de la riqueza que genera el turismo, también, pero considero que se están mezclando peligrosamente demasiadas cosas cuando dejamos de lado la economía política y hablamos de la ciudad, de lo que pasa en la calle. Y es que cuando dicen “no sólo no se ha solucionado el tema de la Rambla, sino que estamos asistiendo a una ramblización del Casco Antiguo y de parte del Ensanche“, hago el alto. Ya me perdonaréis pero no tengo nada claro cuál es el tema de la Rambla y, por tanto, tampoco sé cómo se soluciona. ¿De qué se habla exactamente? ¿Hablamos de la necesidad de mantener y endurecer el actual plan de usos para regular de forma estricta e implacable las tiendas de souvenirs? ¿Hablamos de la persecución de mafias que inició Itziar González y su equipo?… Compro. Denunciémoslo claramente y de forma activa, institucionalmente y en la calle. Pero defender los “negocios tradicionales” y criminalizar -en el mismo párrafo- el comercio ambulante, el hecho de que en el quiosco sólo vendan La Vanguardia o que la dignidad del Paseo de Gracia pasa por no tener que soportar casquillos voladores fluorescentes… pues, que queréis que os diga, ¡no compro! Muy a mi pesar, no tengo claro cómo justificar el mantenimiento de la librería Canuda ahora que la moratoria de la LAU que sostenía las rentas antiguas ha sido derogada. Del mismo modo que no tengo claro cómo evitar el cierre del bar Emilia, de muchas tiendas de discos o de la mercería de mi barrio. Los turistas tampoco tienen la culpa de ello.

Siguiendo con el artículo de Padovan -no es nada personal, sólo me sirve para tejer el relato-, refiere: “Si queremos que Barcelona sea una capital catalana de una Cataluña futuro estado, no nos conviene nada descatalanitzar-la y hacerla una ciudad pizza-sangría-sushi“. A mí me encanta la pizza, la sangría y el sushi… y els peus de porc amb cargols (tanto o más que el padseeew o el cebiche), pero no nos despistemos. Estábamos hablando del impacto del turismo en la ciudad, no de la defensa de la cultura vernácula catalana. Si no se quiere comer pizza recalentada, simplemente no la compre. Confrontar el turismo con la esfera local sólo fomenta un rechazo reaccionario al turismo, algo que cae por su propio peso en tanto que nosotros también hacemos turismo, y además, porque nuestra identidad -al igual que Barcelona- ​​está construida de forma relacional con el resto del mundo mundial-global-interconectado.

Padovan menciona, al final del artículo, dos temas que me parecen de vital importancia a la hora de focalizar las críticas del impacto del turismo en la ciudad: la fiscalización de las actividades turísticas y su retorno social, y la disrupción de un sistema de alojamiento turístico disperso e integrado en los edificios residenciales. Sobre la fiscalización, el tema es muy serio. Los impuestos deberían ser el principal mecanismo de redistribución económica y social de los beneficios que genera la actividad turística en la ciudad. Hoy se hace más necesario que nunca romper ese tópico de “somos nosotros los que pagamos los impuestos”, que da pie a una falsa sensación de poder y a la demonización del visitante. En esta línea, hemos perdido una oportunidad de oro. El impuesto de pernocta -en vigencia desde noviembre 2012- sirve, básicamente, para promocionar la marca turística y sus infraestructuras. En gran parte porque está pensada y conducida por los lobbies turísticos, que existen y son fuertes. El hecho de que la ciudad -una calle cualquiera, el transporte público o los hospitales- no se considere “infraestructura turística” es una decisión política. La fiscalización del turismo tiene responsables claros, y no, no son los propios turistas. Exijamos, denunciemos y protestemos contra eso también.

En cuanto a la aparición de sistemas de alojamientos en edificios residenciales -no quisiera sonar muy apocalíptico-, a mi parecer nos encontramos ante uno de los grandes problemas del impacto turístico en la ciudad. Hablamos de fórmulas free-riders como www.airbnb.com, pero también de miles de licencias de Viviendas de Uso Turístico (HUT) aprobadas como churros en los últimos años, ya no en Ciutat Vella donde están restringidas desde 2010, sino en el resto del territorio municipal. No nos referimos al hecho de “ceder un sofá” ni de “intercambiar la casa, hablamos de transacciones económicas derivadas de la explotación de un alquiler a corto plazo que compiten codo a codo en el mercado inmobiliario con los usos residenciales. Y todo ello camuflado de “economía colaborativa” y de “vive como un autóctono”, etiquetas enmarcadas en la nueva estrategia de marketing para la diversificación de la oferta turística. La regulación y legislación de estas actividades es competencia del gobierno a diferentes niveles, no de los turistas. Por suerte, aún tenemos la capacidad para revertirlo a través de los instrumentos legales. Sólo hay que conocerlos, difundirlos y aplicarlos.

Un último apunte sobre el lenguaje. Me da la sensación de que estamos cayendo en un trampa en el uso del concepto “turismo de calidad”, contraponiéndolo al “turismo masivo”, supuestamente fuente de todos los males. Pero qué quiere decir “de calidad”, ¿que vayan bien vestidos?, ¿que gasten mucho dinero?, ¿que no molesten?, ¿que no vayan con sombreros mexicanos ni lleven diademas con penes en la cabeza?… Empezamos juzgando los comportamientos de los turistas y acabamos aceptando la ordenanza del civismo. El turismo se vive y se actúa de muchas maneras, y cada uno lo hace como quiere, asumiendo el componente ético de la práctica y atendiendo al marco legislativo del lugar. Pero demasiado a menudo se habla del turismo como si uno supiera con certeza qué es lo que conviene al otro, como si se pudieran crear taxonomías del comportamiento turístico. Cuando se reclama un “turismo de calidad” se están justificando proyectos como el del Hotel Vela, la reforma de la marina del Port Vell, el cierre del Park Güell o la reurbanización del Paseo de Gracia. Calidad y exclusividad se dan la mano, pero lo exclusivo es -por definición- también excluyente. Habría que tenerlo en cuenta.

Me han quedado muchos temas sin tratar. Sobre todo los referentes a las políticas que afectan propiamente la gestión turística: la valoración de la capacidad de carga, los canales de difusión y el contenido de la marca turística, el papel de los intermediarios o el poder de los agentes capitalistas -no necesariamente del sector turístico- en la configuración de la oferta de la ciudad. Judd y Fainstein [2] advertían que el turismo se ha convertido en una de las principales fuerzas configuradoras de la ciudad, y Barcelona no es una excepción. No debemos olvidar que cuando hablamos del “turismo” en la ciudad, en realidad estamos hablando de políticas públicas urbanas, de gestión, planificación y diseño, o de producción del espacio donde los no turistas -si es que esto aún significa algo- somos parte activa inalienable del proceso. Disparar contra los turistas y culparlos del malestar que nos provoca su presencia considero que es un error. Más nos valdría concretar los mecanismos realmente depredadores, señalar a los responsables y reclamar acciones por el cambio.

Epílogo

Acabo el día jugando al fútbol-playa en la Mar Bella. Un verdadero lujo. Al terminar, ya de noche y con la playa casi desierta, decidimos tomar una cerveza en el chiringuito más cercano. Estaba lleno de turistas y no volveremos… Bueno, los otros que hagan lo que quieran, yo tengo claro que no volveré. La caña ha costado 4 euros, la música era insoportable y los camareros eran gilipollas. Los turistas, está claro, no tenían la culpa.

Albert Arias Sans

P.D. Este artículo fue publicado el 12 de Julio del 2013 en el blog “la Trama Urbana“. Queremos destacar también la calidad de los comentarios que es pueden encontrar al final del articulo publicado en “La Trama Urbana

Aclaración. El título del post lo he adaptado del libro de Duccio Canestrini Non sparatesul turista, que es a su vez una adaptación del título de la película de Truffaut Tirez sur le pianiste, basada en la novela Down There de David Godden.

[1] Obrador Pons, P. (2003). “Being-on-Holiday Tourist Dwelling, Bodies and Place”, Tourist Studies 3 (1), 47-66.

[2] Judd, D. R. & Fainstein, S.S. (1999). The tourist city. Yale University.

About Albert Arias Sans

Albert Arias Sans (1980): Geógrafo por la UAB y máster en Gestión Urbana (Erasmus Rotterdam). Actualmente es investigador en el Grup de Recerca d’Anàlisi Territorial i Estudis Turístics de la Universitat Rovira i Virgili, donde realiza una tesis doctoral sobre el impacto del turismo en la producción del espacio urbano de Barcelona. También es responsable docente del posgrado "Espacio Público: políticas urbanas y ciudadanía" (UOC/UAB). Miembro de www.latramaurbana.net

2 Comments on “NO DISPAREN AL TURISTA [es] | Albert Arias Sans

  1. Albert Arias
    09/07/2015

    Querido Esteban,

    gracias por el comentario. Podrías explicarte un poco más? Así podemos debatir sobre posiciones actuales. Estoy muy dispuesto a cambiar cambiar el “ángulo de visión” pero quizás debería tener algo más de información.

    Un saludo,

    Albert

  2. Esteban Yanischevsky Lavalle
    03/07/2015

    Estimado Albert, he leido varios de sus artículos sobre los pisos turísticos y si bien creo que el análisis debe ser global y tener en cuenta estadísticas; mi experiencia personal contradice expresamente la teoría que desarrolla sobre el tema. No sé si le puede servir de algo, pero puedo evocar rápidamente muchos ejemplos prácticos de gente cercana que quizás podría hacer que su ángulo de visión se altere un poco. Si le interesa conversarlo puedo acercarme adonde usted me diga o enviarle un e-mail extendiéndome sobre mi posición, de la misma manera podría también citar a otras personas.
    Agradeciendo su atención y evitando las molestias que le implicarían hacerle un envío que no estaría dispuesto a mirar le pido si le interesa que establezca la forma de comunicación que prefiera

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Artículo publicado el 21/02/2015 por en artículos, ciudad, miradas y etiquetado , , , , .

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