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LA “NUEVA TECNOLOGÍA INTELECTUAL” Y LOS ANIMAL SPIRITS | Rubén Díez

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Daniel Bell (1976, 1977) enfatizó la centralidad que adquieren ciertos principios en la conformación y dinámica de desarrollo del orden tecno-económico de las sociedades industriales avanzadas. En la estructura de estas sociedades, i) el modo regulador es economizar (“eficiencia, menores costes, mayores beneficios, maximización, optimización”, 1977: 24), ii) el uso de las tecnologías es instrumental, y iii) la racionalidad funcional es su principio axial. Entendiendo racionalidad funcional como i) un principio económico de “organización de la producción por el ordenamiento de las cosas, incluyendo a los hombres entre las cosas” (op. cit.: 48) y ii) un creciente proceso de burocratización que conlleva una mayor especialización funcional y de roles (op. cit.: 97).

Su énfasis sobre el conocimiento técnico y la expansión de la economía de servicios, como dos de los elementos que cobran mayor centralidad en las sociedades post-industriales, parece, sin embargo, que debe ser actualizado y matizado a la luz de los acontecimientos transcurridos desde los años 70 del siglo pasado. El sesgo estructuralista de causalidad que informa la prognosis de Bell sobre la sociedad post-industrial, derivó en una visión algo optimista acerca de la modernización en las sociedades industriales avanzadas dado el papel clave que atribuye a la ciencia y la tecnología como motores de cambio (Laraña, 1999, 2001). La tecnología como aplicación del conocimiento científico —como ciencia aplicada— da lugar en las sociedades post-industriales a una ‘nueva tecnología intelectual’ consistente en la ‘sustitución de juicios intuitivos por algoritmos matemáticos y procedimientos de decisión en los que se basan estos mismos algoritmos’[1]. Un conjunto de procedimientos que permite hacer las cosas de forma más racional y en base a una serie de normas previamente establecidas (Laraña, 1988). Este enfoque no está exento, sin embargo, de ser criticado y matizado si nos atenemos a las revisiones teóricas más recientes acerca de las consecuencias y efectos no intencionados de la modernidad y del desarrollo tecnológico.

Tal enfoque, advierte Laraña (ibíd.: 270), tiene su base en una diferenciación analítica habitual entre dos tipos de juicios, ideológicos y teóricos, una distinción que remite a una cuestión clásica en ciencias sociales, la posibilidad de una ‘ciencia libre de valoraciones’. Si los juicios que llamamos ideológicos parecen tender su fundamento en  una base emocional y expresiva, los teóricos o técnicos serían el resultado del cálculo racional y su naturaleza es instrumental, ya que su objetivo es delimitar la mejor forma de actuar, maximizando beneficios y reduciendo costes. Para autores como Bell o Habermas, las decisiones técnicas —tecnocráticas en los procesos de toma de decisiones que afectan a organizaciones e instituciones— sustituirían progresivamente a las políticas, lo cual desembocaría en “una dependencia de los políticos respecto de los expertos en posesión del conocimiento y los métodos imprescindibles para cimentar sus decisiones, así como nuevos tipos de problemas entre el orden tecno-económico y el político” (op. cit.). Esta tesis parece haber tenido correspondencia en el plano de los hechos dado el peso que las decisiones de orden tecnocrático han adquirido en el campo de la Administración Pública y del Estado. Y la progresiva racionalización del orden político parece haber desplazado la participación política hacia nuevos cauces y formas no institucionalizadas.

Estas tendencias adquieren una relevancia de primer orden respecto a la función del Estado en las sociedades contemporáneas como impulsor de servicios y gestor económico. Asimismo, adquieren una relevancia trascendental en el mundo de las empresas y de la economía y, en particular, en el de las finanzas que ha cobrado especial importancia en las últimas décadas. La ‘(nueva) tecnología intelectual’ referida por Bell ha tenido desde el último tercio del siglo pasado una incidencia de gran calado en el mundo de la economía, dada la complejidad, la incertidumbre y la indeterminación respecto del futuro que caracteriza a las sociedades contemporáneas (Giddens, 1991; Beck, Giddens y Lash, 1997; Beck,  1992, 2002; Sennet, 2000; Bauman, 2006, 2008). La tecnología como aplicación del conocimiento científico en el orden tecno-económico provee a las empresas e instituciones económicas (y políticas) de herramientas que permiten a los analistas proveer ‘cierto grado de certidumbre’ sobre los que fundamentan los procesos de toma de decisiones —de tecnócratas en el mundo de las empresas, de las finanzas y de la Administración—, si bien no parecen capaces de anticipar las consecuencias no intencionadas de tales decisiones como ya ha puesto de manifiesto, por ejemplo, Beck.

Esto también se ha puesto de manifiesto en la actualización de la teoría sobre las organizaciones contemporáneas y la burocracia gerencial desarrollada por Robert K. Merton a mediados del siglo XX a partir de la propuesta weberiana (Merton, 1972 [1964]; Moya, 1974). Estos autores advirtieron sobre la cara oculta del progresivo proceso de burocratización que fundamenta el orden social de las sociedades modernas, la pérdida de la iniciativa individual, el aumento del control social y la deshumanización  —v.g., la tendencia hacia una mayor homogeneidad, la potenciación de las relaciones impersonales o el menoscabo de las capacidades de elección y creatividad humanas.

Una vuelta de tuerca a los efectos perversos de tal proceso, que el modelo gerencial mertoniano parecía atenuar en algunas de sus inercias negativas (ibíd.), ha venido representado por lo que, a finales del XX, George Ritzer (1996) acuñó como proceso de ‘McDonaldizacion’ de la sociedad (McDonaldizacion of society). Un proceso por el cual los principios del ‘restaurante de comida rápida’ se conforman como los predominantes en la gestión y desarrollo de otros sectores y organizaciones de la sociedad. Estos principios —eficiencia, cuantificación, previsibilidad (uniformidad) y control a través de la automatización— remiten a la lógica de economizar y hace a las organizaciones muy eficientes en la producción de mercancías y productos y en la prestación de servicios, lo cual deriva en importantes virtudes y aspectos positivos para la prestación de servicios y satisfacción de demandas en determinados sectores facilitando enormemente nuestro modo de vida. Pero provocando, en contraste, que de forma sistemática también el comportamiento de los miembros —y de los clientes— de estas organizaciones se autorracionalize normativamente al internalizar tales principios y criterios (Merton, 1972 [1964]; Moya, 1974).

La puesta en marcha e implantación de estos principios por parte de los primeros creadores de lo que después fueron los restaurantes de comida rápida no respondía a razones o cuestiones exclusivamente fundamentadas en una racionalidad funcional de carácter instrumental, si bien es este tipo el que cobra mayor centralidad en su desarrollo (Schlosser, 2003: 31-51). Su implantación y expansión en muchos y muy diversos sectores y organizaciones también ha derivado en el desarrollo de lo que Ritzer ha denominado como ‘irracionalidad de la racionalidad’. Este autor ha puesto el énfasis en destacar los aspectos negativos del proceso de racionalización en las sociedades contemporáneas —el proceso de McDonaldizacion—, renovando y adaptando a nuestra época la caracterización de las consecuencias negativas de dicho proceso en diferentes sectores, organizaciones y esferas de la vida social, del ‘mundo de la vida’ si utilizamos el concepto habermasiano.

Weber  destacó las consecuencias de una forma de razonar que conduce a las personas a evaluar sus decisiones mediante el cálculo de costes y beneficios, al margen de otros valores y fines en la vida que no consisten en optimizar sus intereses. Esa forma de razonar muestra una tendencia a prescindir de valores que confieren sentido a la existencia y constituyen el fundamento de la identidad personal. Al enfatizar el conflicto que se produce entre la racionalidad de los medios o de los procedimientos y la centrada en valores o fines, no vinculados a intereses económicos, el sociólogo alemán anticipó una dinámica recurrente en los problemas de identidad que proliferan en la sociedad moderna (Klapp, 1969; Melucci, 1989) y agudizados con la modernización reflexiva (Giddens y Lash, 1997). Los análisis de estas tensiones entre racionalidad económica y sustantiva han sido posteriormente enunciados por diferentes autores, como Mannheim, Bell o Habermas, y son útiles para entender el desarrollo del altruismo organizado a través de organizaciones no lucrativas en las sociedades complejas o la emergencia de movimientos sociales.

Mannheim (1966 [1940]), diferenciaba entre i) racionalidad sustantiva, aquella que gravita en torno al pensamiento, ii) racionalidad funcional, lo hace en torno a la acción, iii) auto-racionalización, remite al control de los impulsos íntimos del individuo, y iv) auto-observación o reflexión sobre uno mismo. Para este autor el proceso de modernización e industrialización de las sociedades modernas tenía un efecto multiplicador sobre la expansión de la racionalidad funcional en los diferentes sectores de la sociedad al tiempo que socavaba la racionalidad sustantiva del individuo llevándolo hacia actitudes y conductas que caracterizó como irracionales. Este tipo de conductas representaban una amenaza para la democracia por su potencial para impulsar tendencias oligárquicas y comportamientos colectivos propios de la sociedad de masas.

Los juicios fundamentados en sentimientos y emociones, que Bell asociaba a las cuestiones de orden político, y que deberían ser equilibrados y contrarrestados mediante la aplicación del conocimiento técnico y la ‘(nueva) tecnología intelectual’, no son el campo exclusivo de la política, de la vida cotidiana, el arte o de la movilización social. De igual modo, que los de orden teórico o técnico tampoco son exclusivos del mundo de la economía o de las distintas ciencias aplicadas. La interacción entre procesos cognitivos y emocionales a través de los cuales los seres humanos nos comunicamos, interactuamos, razonamos y procesamos la información a partir de la percepción, son la base de una estrecha interrelación entre razones para la acción, de tipo instrumental, de carácter sustantivo y morales.

En el campo de la economía, (y por consiguiente de los análisis técnicos aplicados por expertos a esta disciplina), los Premio Nobel en Economía George A. Akerlof y Robert J. Shiller[2], han recuperado de forma muy provocadora el concepto de Animal spirits (2009), que ya fue empleado en el siglo pasado por el economista J. M. Keynes. Estos autores utilizan este concepto para referirse a los patrones de pensamiento que dan vida a las ideas y sentimientos de las personas y a los que hay que prestar atención si se quiere comprender cómo funciona la economía y cómo puede ser gestionada para que prospere. Akerlof y Shiller rompen con el supuesto de que en el nivel agregado los eventos económicos (la macroeconomía) responden únicamente a una lógica racional fundamentada en factores técnicos y acciones institucionales, en la que los sentimientos y pasiones individuales no tienen ninguna incidencia a ese nivel. En contraste con este argumento, ellos enfatizan la importancia que las ideas y el pensamiento cotidiano tienen en el manejo de la economía. Cuestiones como la confianza, la idea de equidad, la corrupción y las conductas o comportamientos fundamentados en la mala fe, la ilusión monetaria [3], y las  historias o narrativas asentadas y difundidas en los imaginarios colectivos cotidianos, son aspectos que motivan la conducta de las personas y que también influyen en la toma de decisiones a nivel económico, tanto en el nivel micro o cotidiano (individuos y familias), como en el macro (corporaciones,  instituciones políticas y económicas). Desde este enfoque, se defiende la tesis de que las crisis económicas, como la crisis financiera e inmobiliaria que estalla en 2007, vienen causadas de forma importante por cambios en los patrones de pensamiento, un axioma que contradice el pensamiento económico estándar y más extendido entre la ciencia económica.

La crisis económica que estallo hace una década informa su argumento, dado que sentimientos como la confianza, la envidia o las aspiraciones han estado muy presentes entre las personas —ciudadanos de a pie, gestores públicos y privados, hombres de negocios— a la hora, por ejemplo, de embarcarse en créditos inmobiliarios e hipotecas, en el descenso del consumo y de la demanda interna, en la caída de los precios de las acciones, en el colapso de Lehman Brothers, en la retirada repentina de fondos depositados en los bancos o de las inversiones en determinados países, y en las decisiones de rescatar determinadas entidades o en la de despedir y contratar personal. Las variaciones derivadas de los cambios de actitudes a nivel social —en relación a la confianza, los juicios de carácter más expresivo que fundamentan razones para la acción, o la resonancia de determinadas narrativas y discursos compartidos y difundidos entre los ciudadanos— dan cuenta de que los eventos del orden tecno-económico están influenciados por una interrelación de factores que trascienden la aplicación del conocimiento científico aplicado por la ciencia económica formal (Shiller, 2005; Akerlof y Shiller, 2009), fundamentado en la ‘(nueva) tecnología intelectual’.

Centrar el foco en este tipo de cuestiones implica ampliar los parámetros clásicos de análisis de la economía formal e informa la necesidad de ensanchar  la conceptualización analítica por la cual el modo regulador del orden tecno-económico atiende a la eficiencia y la racionalidad funcional. Un aspecto que cobra sentido a nivel analítico y que Bell puso de manifiesto al enfatizar la tensión existente entre dos modos reguladores que definió a través de las expresiones ‘economizar’ y ‘sociologizar’—economizing and sociologizing modes. El primero remite a los principios analíticos de eficiencia y racionalidad funcional, pero en el subyace una tendencia a esquivar ‘la falacia utilitarista por la cual la suma de las decisiones individuales es equivalente a una decisión social’ —al ‘interés público’. De modo que un segundo modo debe equilibrar al primero orientando los esfuerzos encaminados a determinar y establecer ‘las necesidades sociales y las cuestiones de ‘interés público’ de forma más consciente’ (1976: 283), lo que necesariamente implicará un detrimento en la eficiencia y la producción, así como ciertos costes derivados de la introducción de valores no económicos (op. cit.: 43).

Rubén Díez

[1] “Una tecnología intelectual es la sustitución de juicios intuitivos por algoritmos (normas para la solución de problemas). Esos algoritmos se pueden incorporar en una máquina automática, en un programa de computador o en una serie de instrucciones basadas en fórmulas estadísticas o matemáticas; las técnicas estadísticas y lógicas que se utilizan para tratar con la ‘complejidad organizada’ se esfuerzan por formalizar una serie de reglas de decisión” (Bell, 1976a: 29-30)

[2] George A. Akerlof en 2001, compartido con Joseph E. Stiglitz y Michael Spence, y Robert J. Shiller en 2013, compartido con Eugene F. Fama y Lars Peter Hansen.

[3] “La ilusión monetaria se produce cuando las decisiones están influenciadas por cantidades nominales de dinero. Los economistas creen que si la gente fuera «racional», sus decisiones estarían influenciadas solo por lo que pueden comprar o vender en el mercado utilizando este dinero nominal. Cuando no existe la ilusión monetaria, las decisiones sobre la determinación de los precios y los salarios están determinadas por los costes o los precios relativos, no por los valores nominales de dichos costes o precios” (2009: 77).

Referencias bibliográficas 

Akerlof, George A. and Robert J. Shiller. 2009. Animal Spirits: How Human Psychology Drives the Economy, and Why It Matters for Global Capitalism. Princeton, New Jersey: Princeton University Press.

Bauman, Zygmunt (2006): Modernidad liquida. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

——————— (2008): Miedo líquido. Barcelona: Paidos.

Beck, Ulrich (1992): Risk Society. Towards a New Modernity. London: Sage.

——————— (2002): La sociedad del riesgo global, Siglo XXI, Madrid.

Beck, Ulrich; Giddens, Anthony y Lash, Scott (comp.) (1997): Modernización reflexiva. Política, tradición y estética en el orden social moderno. Madrid: Alianza.

Bell, Daniel (1976a): The coming of Post-Industrial Society. A venture in social forecasting. New York : Basic Books Inc. Publishers.

——————— (1976b): The cultural contradictions of capitalism. New York: Basic Books Inc. Publishers.

Giddens, Anthony (1991): The consequences of modernity. Cambridge: Polity Press.

Klapp, Orrin E. (1969): Collective search for identity. New York: Holt, Rinehart and Winston.

Laraña, Enrique (1988): “Cambio social”, en S. del Campo (ed.). Tratado de Sociología. Madrid: Taurus, pp. 243-276.

——————– (1999): La construcción de los movimientos sociales. Madrid: Alianza.

——————– (2001a): “Globalización, centro y fronteras simbólicas  en la teoría sobre la sociedad contemporánea”. Revista Internacional de Sociología, 28: 209-240.

Mannheim, Karl (1966 [1940]): Man and Society in an Age of Reconstruction. London: Routledge.

Melucci, Alberto  (1989): Nomads of the Present. Philadelphia: Temple University Press.

Merton, Robert K. (1972 [1964]): Teoría y estructura sociales. México D.F.: Fondo de Cultura Económica. Moya, 1974

Ritzer, George (1996): The McDonaldization of Society: An Investigation Into the Changing Character of Contemporary Social Life. Thousand Oaks: Pine Forge Press.

Schlosser, Eric (2003): Fast Food Nation. Barcelona: Debolsillo.

Sennet, Richard (2000): La corrosión del carácter. Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo. Barcelona: Anagrama.

Shiller, Robert J. (2005): Irrational Exhuberance. Princeton: Princeton University Press.

Este texto forma parte del libro “Democracia, dignidad y movimientos sociales” publicado por el Centro de Investigaciones Sociológicas.

 

About Rubén Díez

Dr. Rubén Díez García is Prof. in Sociology at the Carlos III University of Madrid and at the Complutense University of Madrid, from which he obtained his Ph.D. He has done fieldwork research and published several articles on voluntary organisations, social participation, and social movements, social exclusion and prisons, youth and tobacco consumption, sports and youth culture, and industrial heritage. His last published works include “More than a Copy Paste: The Spread of Spanish Frames and Events to Portugal” in Journal of Civil Society (with Britta Baumgarten), “The ‘Indignados’ in Space and Time. Transnational Networks and Historical Roots” in Global Society, and the book “Democracia, dignidad y movimientos sociales” (with Enrique Laraña) published in Spain by Centre for Sociological Research. These works have been presented in several international Courses, Seminars, and Conferences at universities such as Harvard University (Real Colegio Complutense, 2016) University of California (Berkeley, 2017), or Cambridge University (Faculty of History, 2018).

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