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HOSPITAL DE LOS SUEÑOS | David Jiménez

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A lo largo de la Antigua Grecia florecieron centenares de enclaves dedicados a la sanación que nos parecerían delirios surrealistas. Eran un compendio de conjuntos arquitectónicos soberbios, espectáculos teatrales, aposentos abarrotados de serpientes, esculturas primorosas, música y ceremonias indescifrables. Dentro de su naturaleza dispar, mantenían una norma común. Los médicos tenían prohibido ejercer su profesión en ellos. En los santuarios de Asclepio, la cura de las enfermedades provenía directamente de los sueños.

 

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El propio dios al que dedicaban los templos estaba lleno de contradicciones. Asclepio nació de la muerte. Su padre era Apolo, quien le rescató de las entrañas de una amante fallecida. Desde niño aprendió de Quirón un arte medicinal que desarrolló hasta un grado jamás conocido. Recibió de Atenea las redomas con la sangre de Medusa. Una mataba, la otra podía resucitar. Cuando alguien recibía un poder semejante, lo empleaba para la muerte, pero Asclepio decidió usarlo para concederle una nueva oportunidad a los muertos.

Su osadía desgarró el orden cósmico. Alteró el proceso de perpetua renovación que la muerte imponía sobre la Tierra. Derrotó al rival de la vida, sin comprender que la muerte era un factor fundamental para mantener la diversidad del universo. Zeus accedió a las quejas de Hades, y fulminó a Asclepio con un rayo para reinstaurar el equilibrio del mundo.

Se erigieron más de trescientos santuarios dedicados al dios a lo largo de los territorios de influencia griega. El más significativo de todos fue el que se levantó en Epidauro, el lugar en el que según los relatos míticos, Asclepio llegó al mundo. El emplazamiento albergaba un simbolismo muy destacado, pues estaba impregnado por la presencia del dios. Se encontraba al norte del Peloponeso, entre montañas agrestes, bosques plagados de serpientes y fuentes de agua inagotables. Del esplendor de sus templos, solo prevalecen los recuerdos.

Una rotunda inscripción en pan de oro daba la bienvenida a los suplicantes cuando llegaban al propileo de acceso al recinto. «Puro ha de ser todo aquel que entre en el templo aromático. Pureza significa solo tener pensamientos sagrados». Seis descomunales columnas jónicas rematadas por gárgolas con cabezas de leones enfurecidos la acompañaban. El peregrino debía purificarse en un pozo nada más entrar, asumiendo las reglas y procedimientos de una atmósfera sagrada. De camino al templo principal se encontraba con unas termas, biblioteca, gimnasio, y hasta un graderío capaz de acoger a más de catorce mil espectadores con una acústica impecable. Si llegaba tarde, tenía la opción de hospedarse en un hotel, si no le sobraban recursos, debía dormir a la intemperie.

El templo de Asclepio era parecido al de Zeus en Olimpia. En su exterior refulgían colores poderosos, su interior permanecía dominado por una tenue oscuridad. Las baldosas trazaban esquemas sugerentes provocados por el contraste radical de sus tonalidades; y en el lugar principal del recinto, destacaba la estatua de Asclepio. De todos los edificios del complejo, el Tholos era el más llamativo. Estaba formado por tres círculos concéntricos, y su función era la de acoger un ritual fundamental del que no han sobrevivido pistas. Además de su triple trazado y su disposición laberíntica, albergaba un piso subterráneo que cobijaba a cientos de serpientes.

La entrada al templo solo estaba vedada a mujeres parturientas y a moribundos. La vida en el lugar debía existir sin principio ni fin, la nueva vida y la muerte tenían que permanecer alejados. En la época más antigua, el paciente debía recibir su curación onírica en la primera noche, de lo contrario, su caso se consideraría incurable. El transcurso de las generaciones elaboró procesos más ceremoniosos y complejos que incluían sacrificios de animales en honor del dios.

Si los sacerdotes consideraban adecuada la ofrenda, el suplicante podría acceder al templo. Al poner un pie en el recinto era esencial despojarse de todo pensamiento nocivo. El suplicante debía vaciarse, dejar atrás su existencia profana para dejar hueco a la experiencia divina. La fe inquebrantable en el poder de Asclepio era imprescindible si tenían la esperanza de sanar sus males.

El paciente accedía a un baño ceremonial en las aguas del pozo sagrado. Se le ungía con aceites aromáticos, se le cubría con un sayo blanco. En el interior del templo resonaban himnos corales, el ambiente se mantenía adulterado por la quema de esencias escogidas.  El paciente rezaba. Ofrecía a Asclepio alimentos frescos o exvotos que aludían a la zona enferma. Cuando culminaban los actos previos, se adentraba en el ábaton. Pasaba junto a una fuente de un borboteo purgante, bajo los testimonios grabados de curaciones asombrosas, y se tumbaba.

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Debía permanecer en un silencio inquebrantable hasta caer dormido. Por lo que cuentan los testimonios oníricos provenientes del santuario, Asclepio solía presentarse con aspectos diversos, solo o acompañado por sus hijas. Y entonces ocurría algo fundamental. El dios tocaba al paciente, y lo hacía en la parte enferma. Cuando se producía el contacto, se cumplía la razón por la que se había desplazado al templo. La curación se daba por realizada. Al despertar, los suplicantes debían comunicar sus sueños a los sacerdotes para que pudieran interpretar el procedimiento mediante que debía salvarlos.

Una comedia escrita en la época narra que, durante la noche, en medio de un sigilo entrenado, los sacerdotes se acercaban a los pacientes y tocaban sus partes magulladas con una serpiente o una vara. Es inevitable juzgar sus procedimientos sin tener en cuenta la inocencia de sus métodos y los ardides de la picaresca sacerdotal; pero al arrinconar los prejuicios, las conclusiones que pueden obtenerse son más complejas. La terapia se mantuvo vigente durante mil años, en lugares muy dispares, y siempre conservó un reconocimiento acreditado. Sus pacientes no solo eran gente sencilla y crédula, recibió a algunas de las mentes más brillantes del momento, sabios que hoy en día seguimos estudiando y admirando.

La proliferación de los centenares de santuarios del sueño solo puede entenderse en la medida en que se entienda lo necesarios que eran para la sociedad griega. Tenían un convencimiento profundo de que aquellos lugares y los procesos que allí ocurrían, les armonizaban con el equilibrio del cosmos. Los santuarios debieron infundirles una serenidad que podía apaciguar sus pesares, ofreciéndoles una experiencia que pausaba sus vidas y que era capaz de reponer los males que les atormentaban.

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Concibieron sus espacios de sanación como lugares en los que debía producirse una catarsis regeneradora, y fueron capaces de idear las técnicas necesarias para que sus pacientes la alcanzaran. Creían que la salud física solo podía mantenerse restituyendo un equilibrio personal, para el que era fundamental mantener en orden su higiene psíquica. En nuestros días hemos relegado la salud física y mental por completo a la química, y nuestros lugares de curación se han convertido en espacios mecanizados donde solo se puede reposar mientras las drogas funcionan, o mientras llega la muerte. Los griegos dependían de Asclepio, nosotros de la ingesta masiva de píldoras mágicas. Aun con el desprestigio que asociamos a la ciencia antigua, seguimos obteniendo valiosas lecciones de ella al comprobar cómo estudiaron los detalles a implantar en los espacios que dedicaron a la salud.

David Jiménez

About David Jiménez Moreno

Arquitecto y escritor. Inicia su carrera literaria en 2011 con «La Caída de los Sueños», a la que seguirán una serie de relatos divulgados en distintas publicaciones. En 2016 publica «El Príncipe que no Reinaría». Como arquitecto ha trabajado en MVRDV y en Selecta Home. Colabora activamente con Xaloc, ONG encargada de la preservación de la fauna marina.

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Artículo publicado el 22/10/2017 por y etiquetado , , , , , , , , , , , .

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