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REPLANTEAR NUESTRA RELACIÓN CON LA NATURALEZA PARA AFRONTAR EL PRESENTE | Kike Oñate

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Cala Pilar, Menorca

A todos nos gusta disfrutar de un paseo por una playa de arena fina y blanca, bañada por aguas cristalinas. Un mar aturquesado, con la permanente presencia del cormorán, y las gaviotas graznando por el cielo azulino. Si a la descripción le añadimos una mínima presencia humana, el lugar se nos muestra en toda su plenitud.

Decía el poeta catalán Perejaume que “la naturaleza ha quedado sometida a nuestra mirada y a una relación exclusivamente óptica con el mundo”. Hemos dejado de participar con la naturaleza y únicamente miramos, siempre con la pretensión de dominio, privilegio y distancia en cuanto a lo que nos rodea. Fotografiamos lugares sin pensar en lo que hay detrás de todo ello, qué los hace así. No nos preguntamos la causa por la cual nos cautivan, cuando detrás de cada paisaje hay todo un frágil ecosistema que lo hace posible. La misma reflexión es aplicable a cualquier escenario natural, ya sea costero, boscoso, desértico o montañoso. En el caso del Mediterráneo, sus limpias y transparentes aguas cada año peligran más debido, principalmente, a la contaminación por parte de las embarcaciones –desde cruceros hasta lanchas– y los vertidos producidos en tierra que terminan en el mar. A todo ello, se le suma la polución generada por el tráfico rodado.

Uno de los principales agentes naturales que mantienen el equilibrio del ecosistema mediterráneo es la posidonia oceánica. Ésta genera entre 4 y 20 litros de oxígeno diarios por cada metro cuadrado y da refugio y alimento a multitud de especies acuáticas, entre 400 vegetales y 1.000 de animales, aproximadamente. Es, además, lugar de crianza para muchos huevos de otras especies, que no dependen de ella al ser adultos pero sí para su crecimiento. Los restos secos acumulados en la costa –que tanto molestan a muchos– ayudan a conservar la integridad de las playas y su regeneración.

Por esa razón, cada vez que un ancla cae sobre las praderas deteriora esta planta acuática, repercutiendo en el proceso, de modo que poco a poco ese espacio que, irónicamente, tanto nos gusta disfrutar: las calas y playas de aguas cristalinas. La presencia de la posidonia repercute en una mayor visibilidad. Actualmente, en las Islas Baleares, se acaba de aprobar un Decreto de protección de la posidonia oceánica pionero en toda Europa, pues en ningún otro lugar se destinan recursos para proteger y vigilar esta planta. Todavía es pronto, pero queda por ver si en la práctica se podrá llevar a cabo un control eficaz sobre los fondeos encima de esta planta acuática y llegarán a cesar por ley los vertidos.

No es suficiente con responsabilizar a las instituciones o a los grupos ecologistas, no puede existir ningún cambio global si no lo hacemos primero a nivel individual. Nuestro trabajo debe radicar en la comprensión total del problema para poder darle una solución verdadera y, a su vez, exigir a los gobiernos medidas contundentes. La pasividad que practicamos al no querer comprender la complejidad que forma ese paisaje, a la larga destruye la belleza que ansiosamente buscamos ver, fotografiar o sentir, además de perjudicar a toda la fauna y flora que cohabitan con el ser humano.

El filósofo esloveno Slavoj Žižek en el documental Examined Life: Philosophy in the streets (2008), ilustra perfectamente el por qué no actuamos pese a conocer los riesgos que acontecen a nuestro planeta. ¿Por qué no hacemos nada al respecto? Žižek ve un buen ejemplo en lo que en psicoanálisis llaman «renegación». La lógica es: “Yo sé muy bien, pero actúo como si no lo supiera”. En el caso de la ecología, sabemos que puede existir un calentamiento global y todos los males que le subyacen, pero después de leer un tratado o ver un documental catastrófico sobre el asunto, ¿qué hacemos? “Nos despreocupamos, vemos árboles y pájaros cantando”, dice Žižek. “Aunque sabemos racionalmente que todo esto está en peligro, simplemente no creemos que todo esto pueda ser destruido. No estamos evolutivamente desarrollados para siquiera imaginar algo así”, sentencia el filósofo.

Es precisamente en este aspecto donde se necesitar hacer más pedagogía para superar nuestras propias barreras biológicas. Romper con nuestros marcos mentales preestablecidos, aceptar la autocrítica y las contradicciones personales que genera el modelo económico y social en el que vivimos. La sensibilidad y concienciación por el medio ambiente debería plantearnos las dudas que el conocimiento científico debe respondernos cada vez que paseamos por un encinar o buceamos en superficie entre rocas. Debemos comprender que esto no va de qué mundo dejaremos a nuestros hijos, sino cómo vamos a encarar nuestro futuro a corto y largo plazo. En este sentido, las olas de calor extremo son una advertencia de todo ello.

 

DECRECIMIENTO Y TRANSICIÓN ECOSOCIAL

El profesor de la Universidad Autónoma de Madrid, Carlos Taibo habla del decrecimiento de la siguiente manera: “En primer término tiene como objetivo restaurar los equilibrios con el medio natural que la industralización, la urbanización y el colonialismo han roto. En la propuesta del decrecimiento lo que destaca es una clara y alegre reivindicación de la vida social frente a una vida obsesivamente marcada por el consumo, la productividad y la competitividad que nos ofrecen hoy, interesadamente, por todas partes”. Por otra parte Iván Murray, doctor en Geografía de la UIB, describe la transición socioecológica como “una manera de fomentar todas esas actividades económicas vinculadas al sector primario, a las energías renovables y a una gestión justa y eficiente de los recursos naturales”.

La antropóloga, ingeniera, profesora y activista ecofeminista Yayo Herrero, declaraba en El Salmón Contracorriente –medio digital de economía crítica y social– que “se deben de ir copando diferentes dimensiones del ciclo de vida de la economía. No podemos conformarnos con tener solo iniciativas en la producción primaria”, esta última puntualización es importante, ya que creer en un futuro a medio y largo plazo basado completa o parcialmente en este sector no parece algo materialmente viable. “Necesitamos iniciativas productivas locales metidas dentro del ciclo de distribución, producción y consumo capitalista”, dice Herrero, siendo la cooperativa “la forma legal que más me seduce, pues ha sido la estructura donde yo he podido vivir la profundidad de construir verdadera democracia en la economía y en la forma de producir”.

El desafío es muy grande, nos afrontamos a un modelo de vida consumista que ha conseguido despolitizar a gran parte de la población, se han perdido los valores asociativos y, a los problemas relacionados con el mundo laboral y cómo articular una alternativa al modelo capitalista, se le han ido sumando otros como el cambio climático y todos los efectos que este tendrá sobre las poblaciones del Sur y las capas de la sociedad más empobrecidas. Es por ello que urge tomar conciencia individual para juntarnos con otras personas cercanas del barrio o del pueblo, e ir tejiendo redes de apoyo mutuo a través de las redes sociales y asambleas, con el fin de generar capacidad de respuesta desde abajo y afrontar lo que todavía está por llegar. Sin idealismos, romanticismo nostálgico e ingenuidad, aceptando la realidad actual tal y como es; pero eso sí, con esperanza por lograr un futuro ecológicamente sostenible.

Kike Oñate

About Kike Oñate

Periodista. Actualmente trabaja como redactor en el ARA Balears y ha colaborado en diversos medios como El Salto Diario, CTXT y Diari Jornada. Participa en la Assemblea Joves de Calvià.

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