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MUERTE DE NARCISO, OTRA VEZ | Guillermo Torres

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Imagen de la fuerza del Huracán Irma en La Habana. Fotografía de Guillermo Torres

Imagen de la fuerza del Huracán Irma en La Habana. Fotografía de Guillermo Torres

La Habana, sábado 9 de septiembre. El huracán Irma, luego de disminuir su intensidad de 5 a 3, continúa su trayectoria por la costa norte de la isla de Cuba. En la noche de sábado a domingo 10 de septiembre establece su centro en la ciudad de Cárdenas, provincia de Matanzas. Irma toma rumbo al noroeste de la Florida. En la Habana fuertes vientos estremecen la ciudad. Todo el litoral habanero sufre los embates del huracán y se producen constantes penetraciones de mar. La zona costera del poblado de Cojímar queda arrasada. El mar se desborda en el malecón habanero. Centenarios árboles cortan el paso, llevándose consigo el tendido eléctrico. Grandes olas destruyen todo a su paso. (Quizás la quietud hizo creer que no era para tanto).

Imagen de la desolación después del paso del huracám Irma por La Habana. Fotografía de Guillermo Torres

Imagen de la desolación después del paso del huracám Irma por La Habana. Fotografía de Guillermo Torres

Narciso nunca pensó morir en La Habana, entre matas de mango rotas, muebles callejeros y cuerpos vacilantes. Nunca pensó en morir entre aguas. Narciso no pudo imaginar que reír fuera tan difícil bajo la lluvia, enredado en raíces y desvelos. Narciso se olvidó por una noche de las quejas, de los deseos, de los miedos y navegó ante la multitud que le miraba impávida.

Narciso se escondió del viento, de las verdades, del amanecer, y se partió de cuajo cuando quiso tocar aquellas manos ajenas. Se columpió de un par de verdades y se aferró a una canción lejana. Le hizo frente al orgasmo de la naturaleza.

Narciso regresó cansado. Desvalido. Lleno de miedos. Titubeante. Se arrodilló ante la virgen y no encontró respuestas. Entonces una palabra cálida y desconocida le arropó. Entonces Eduviges, la que baila a los pies de Ochún, tomó las riendas, bailó y bailó. Le sedujo las pasiones. Narciso quedó bajo un manto de estrellas, sudoroso, sediento, anhelante. Intentó alzar el vuelo como tantas otras veces, pero un mar de algas le retuvo.

Las angustias le dominaron. Comenzó a morir de desvelos. Narciso no pudo respirar en medio del abrazo, en medio de los gritos. Narciso corrió en contra de los vientos, se alimentó de hojas y adioses. Narciso no percibió que ese era el final. Le dio la espalda a la vida y se dejó arrastrar. No le vieron volver hasta la mañana siguiente, cuando su cuerpo rebotó en todas las casas, en todas las puertas de la ciudad.

Narciso había muerto otra vez, pero sin opciones, sin avisos, sin ganas… sin ilusión.

Yo, que le vi morir hace ya muchos años, sentí un pesar lacerante en mi pecho. Un dolor descolorido, sin luces ni guirnaldas, sin campanas ni campanarios. Narciso murió en medio de la quietud, sin saber de las ráfagas dispuestas al olvido. Narciso no reconoció a quienes pasaron a su lado sonriendo desde otros lares, ni a los que habían devorado las calles a su paso. No escuchó el caer de las aguas salobres en las alcantarillas.

Narciso me tendió su mano cuando sólo yo reparé en su mirada. Narciso se volvió voz entre los hombres y murmullo entre las hojas. Narciso se murió vestido de ciudad, esta vez rota, esta vez manchada, esta vez suspirante. Narciso se murió, otra vez, en La Habana.

Guillermo Torres

Septiembre 13 de 2017

About Guillermo Torres

Guillermo Torres (La Habana, 1958). Graduado de Pedagógico Superior, Univ. de La Habana. Redactor literario. Escritor. Actualmente reside en Barcelona.

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Artículo publicado el 24/09/2017 por y etiquetado , , , , , , , .

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