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LA LUNA EN CUARTO MENGUANTE | Guillermo Torres

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Estoy seguro de que para mí sería mucho más auténtico y de vital importancia experimentar los acontecimientos que suceden actualmente en Catalunya si estuviese en Barcelona. Motivos racionalmente inevitables me mantienen alejado de la ciudad que elegí por decisión propia para vivir y que en reciprocidad me acogió de manera cordial. Desde los años 80, cuando yo aún vivía en Cuba, tenía amistades catalanas que venían de vacaciones a la isla. Algunos de ellos eran y son catalanes de pura cepa y otros porque el azar o sus padres le habían llevado hasta allí. Está de más decir que fue entonces que supe –sin llegar a comprenderlo muy bien- cuál era la intención y propuesta de un pueblo tan alejado en idiosincrasia del mío, pero que de alguna manera coincidía con las preocupaciones de una época vivida en mi país. Cierto es que aún era época de camisetas del Che y consignas fidelistas, en perfecta armonía con la desazón que causaban las incomprensiones y el dolor de los recientes hechos del éxodo voluntario y en muchos casos obligado conocido como el Mariel, que sucedieron a la toma de la embajada del Perú por cubanos en desacuerdo con el gobierno. Esto desencadenó una especie de represión popular ejercida por las fuerzas políticas y militares, pero además por parte del pueblo partidario de dichas fuerzas, sobre la población que no compartía los mismos ideales. El pueblo quedó dividido en dos clases: la revolucionaria y la escoria, sin opciones de dudar. Sin posibilidad de compartir criterios, el rojo y el negro enarbolado en tiempos de la lucha revolucionaria clandestina se convertía en un dogma social.

Muchos se fueron del país. Otros permanecieron siendo el pueblo combatiente, y muchos otros se quedaron a la sombre del temor, de la incertidumbre y la imposibilidad. Todos siguieron viviendo según sus criterios de libertad. Yo consideré, a partir de mis conocimientos de las clases de genética y de las características innatas y adquiridas, que marchar podría ser una mutación de mis ideas, y me quedé, sólo que intentando no vivir a la sombra de nada ni nadie, y sin tener la más mínima duda de por qué lo hacía. Finalmente marché, pero lo hice cuando estuve claro de que las mutaciones no me iban a dañar.

Hoy, y de alguna manera que no sabré explicar muy bien, me siento en una situación similar respecto a la idea de una Catalunya independiente. A pesar de que no soy muy dado a marchar en defensa de mis derechos, porque al considerarme plenamente libre elimino la posibilidad de tener que pedir aprobación o apoyo por mis ideales, en alguna ocasión he participado desde la tranquilidad en manifestaciones a favor de la independencia del país catalán. Siendo honesto, albergo dudas acerca de lo que puede venir, de cómo se pueden asumir los cambios a partir de que una parte de la sociedad inconforme con la independencia continuará viviendo en el lugar que también es su país. Inevitablemente sería una situación repetida, en otro continente, con otra cultura y con otro bagaje histórico y político, pero con una problemática similar, un sentimiento distinto de patria y raíces, y con un acechante estado español ávido de recuperar lo que considera le corresponde. Aquí tendríamos que valorar si son verdaderamente elementos socioculturales e históricos, o si al final son meramente económicos y de prepotencia. Con esto quizás he dado una impresión de parcialidad independentista, lo cual no resume mi punto de vista. También me cuestiono si un gobierno independiente tendrá la suficiente entereza para mantener las firmes convicciones de un pueblo y para demostrar a los inconformes que ese era el mejor camino para los catalanes, teniendo la presión de lo que sería el vecino imperialista español.

Por mucho que política y filosóficamente nos hayan enseñado que los gobiernos elegidos por los pueblos constituyen el pueblo en sí, la práctica y la misma historia demuestra lo contrario. La inconformidad mata a los pueblos. Los gobiernos matan a los pueblos. El poder mata a los pueblos.

Sería triste ver con el tiempo que el esfuerzo, la lucha y los ideales no han sido suficientes para vivir en democracia, como desde hace tantos años se anhela vivir. Pero hay una sola forma de saberlo: seguir adelante asumiendo todo tipo de riesgo e intentando no cometer los errores en los que otros gobiernos han incurrido. Quitar la libertad en nombre de ella. Quitar la opción de decidir y pensar. Algo está claro en el momento que estamos viviendo en todo el mundo, porque esto no concierne sólo a catalanes y cubanos. No estamos en tiempos de echar mensajes al mar encerrados en botellas, ni de esperar a que alguien los encuentre, los lea, los entienda y los grite. Hace años que los hombres dicen basta y no se les escucha.

Sin razón aparente, vienen a mi memoria la intención de las palabras de Sting… construir el último barco (The Last Ship), como símbolo y reconocimiento de una comunidad que ha trabajado y vivido desde el fervor de sus raíces. Construir un barco que, aunque en algún momento parezca que va a la deriva, tenga como timonel al pueblo y no eche anclas entre las viejas rocas que paralizan a la humanidad.

 

Guillermo Torres

La Habana, 25 de septiembre de 2017

 

11 set 2017_portada

About Guillermo Torres

Guillermo Torres (La Habana, 1958). Graduado de Pedagógico Superior, Univ. de La Habana. Redactor literario. Escritor. Actualmente reside en Barcelona.

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Artículo publicado el 29/09/2017 por y etiquetado , , , , , , , , , , , .

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