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GRAN HOTEL TROTCHA | Guillermo Torres

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El Trotcha, como la mayoría de los capitalinos le llamaban estaba –y aun pretendo decir está- emplazado en la intersección de las calles Calzada y 2, en El Vedado. Don Ventura Trotcha fue uno de los catalanes que emigraron a Cuba en la segunda mitad del siglo XIX. A su llegada a la isla en 1850, este empresario dedicó sus primeros años en la isla al comercio. A partir de 1880 cambia de actividad y se dedica a la compra de terrenos que posteriormente edificaba y vendía a familias adineradas.

En 1886 construye un salón nombrado Salón Trotcha, que posteriormente pasó a ser el Hotel Trotcha. En sus inicios, era un salón que por sus novedosas características constructivas y su agradable ambientación, atrapó la atención de la sociedad habanera de la época que, por demás, sucumbía al naciente esplendor del nuevo barrio en que estaba edificado, El Vedado. La urbanización y edificación de este barrio iba aparejada con su desarrollo, con lo cual aumentaba también la afluencia de visitantes y la necesidad de nuevos comercios, restaurantes y hoteles. Es de suponer que estas fueron las razones que llevaron a Don Ventura a construir dos plantas para hospedaje y restaurante sobre el existente salón, quedando reconvertido el lugar en el Hotel Trotcha.

La llegada del siglo XX no excluyó a Cuba de lo que podría llamarse modernidad y desarrollo, con lo cual se hizo necesaria una segunda ampliación del edificio. La nueva construcción se denominó El Edén y se emplazó en el terreno aledaño al hotel, siendo considerada una edificación que resaltaba por su arquitectura. Transcurridos dos años, en 1904, se acomete una tercera y última ampliación en la que ya se utilizan materiales más sólidos. Las tres nuevas plantas construidas constituyen el área más elegante del Gran Hotel Trotcha, y recibe el nombre de Washington, con su esplendorosa escalera central, sus agradables estancias y sus cuidados jardines.

La década de 1930 fue una época de crisis para el país. El gobierno de Gerardo Machado desde su instauración había llevado a la sociedad cubana a extremos impensables, en que no sólo la clase obrera se vio brutalmente afectada, también una parte de la clase pudiente sufrió el efecto del “Machadato”. En agosto de 1933 cae el gobierno de Machado tras un despliegue de huelgas y de sentimiento revolucionario. La situación seguía siendo difícil para los cubanos, y de cierta manera esto desarrolló un sentimiento nacionalista que fue en aumento. El nuevo gobierno de Grau San Martín se hace eco, y con una clara intención de beneficio propio promulga la Ley del 50%, que establecía que todo empresario extranjero debía emplear a cubanos y extranjeros a partes iguales, y que no sólo afectaba en lo empresarial; también se vieron afectados simples trabajadores. Es curioso cómo se repiten las situaciones, aunque el enfoque varía en algunos aspectos. En la actualidad las inversiones extranjeras entran por un rasante muy similar en cuanto a los porcentajes, e incluso se establecen condiciones para las empresas con empleados extranjeros propios en plantilla, pautando incluso sus relaciones con el resto de los trabajadores. Volviendo a nuestra historia, es probable que el señor Trotcha cayese en bancarrota a causa de la crisis, o que otras razones incluso hasta políticas influyesen en el declive del hotel. Lo cierto es que El Trotcha dejó de ser el gran hotel de otros tiempos para convertirse en una casa de huéspedes. No hubo recuperación posible. Desconozco qué fue de Don ventura, y dudo poder encontrar noticias de la época que aporten datos sobre su paradero. También ha sido infructífera mi búsqueda en la guía telefónica de posibles descendientes.

Regresar a Catalunya hubiese sido una opción para Don Ventura, para establecerse como tantos otros hicieron bajo la imagen de Indiano en playas como Cadaqués o Sitges, reproduciendo al más cálido estilo colonial cubano casas de amplios portales iluminadas por ventanas de coloridos vitrales. Aunque también existe la posibilidad de que no haya podido o querido abandonar Cuba. El arraigo a veces puede con todo.

Es probable que algunos de los que me lean consideren que una búsqueda más exhaustiva me hubiese dado datos interesantes para enriquecer el texto, pero por un lado lo aburrida que es ahora la Biblioteca Nacional y por otro el que no existe dato posible que pueda rehacer al menos las ruinas de 1986, me hicieron decidir que no valía la pena insistir. Tampoco quise preguntar, tener respuestas sería sumar lo ajeno. De una manera u otra, el paso del tiempo y, diría yo, la cercanía del mar por darle un cariz poético, se han hecho cargo del resto.

Con el triunfo revolucionario en 1959 nada cambió para El Trotcha. Dos meses antes y a escasas dos calles del hotel, en la misma acera y también haciendo esquina en Calzada y A, en la clínica La Inmaculada daba yo mi primer festivo grito, que pudo haberse oído en los jardines del Trotcha de no haber coincidido con el cañonazo de las nueve de la noche que anunciaba –desde antes de la llegada de Don Ventura a Cuba- el cierre de La Habana intramuros. Mi nacimiento tampoco trajo a cambios al Trotcha. Sus habitaciones siguieron albergando huéspedes que se instituyeron en los habitantes del ensueño. Pasaron los años y ya me había convertido en redactor de libros. Rondaba el año 1984, creo recordar, a través de un amigo de aquella época conocí a un artesano, artista del macramé que vivía en El Trotcha. Le visité en alguna ocasión, supongo que en el bloque de lo que fue El Edén, en la planta baja. Lamento no conservar fotografías porque esto me hubiese permitido regodearme contando cómo era aquel pasillo-portal. Por suerte la memoria colectiva, mis escasos recuerdos y el paso de los años hicieron del Trotcha un sitio de singular importancia para mí, sobre todo después que Miguel Lamadrid, un estibador de los muelles en 1930 que fue amante de García Lorca durante su visita a Cuba, me contó en 1995 cómo había sido El Trotcha y cómo corrían lágrimas por sus mejillas cuando lo vio desaparecer. Esto fue en 1986, cuando el fuego, uno de los encargados de truncar la vida y las historias de la gente, y de hacer desaparecer las cosas, lo devoró. El Trotcha no se pudo resistir a las llamas que lo consumieron ante los ojos asustados de mi amiga Lolita, que desde su pent-house en el edificio de Calzada y Paseo podía sentir el calor del fuego y el crujir de las maderas. El Trotcha se está quemando, me dijo casi a gritos por teléfono, y yo quizás pensé en Alberto y en sus tapices y maceteros. Las escasas ruinas sobrevivieron durante años dejadas de la mano de todos. Ni tan siquiera fueron fruto de la curiosidad de los turistas. Los embates del salitre del vecino mar, la lluvia, las tormentas, los ciclones… todos ellos fueron dando continuos lametazos a lo que quedaba del Trotcha. Un nombre de mujer, Irma, ha puesto casi el final a la esperanza del Trotcha. El 9 de septiembre de 2017 la isla fue azotada por un potente huracán. Los fuertes vientos y la lluvia, y las inundaciones propias de la zona, hicieron caer lo que quedaba de la estructura del portal de entrada del otrora Salón Trotcha. A modo de recordatorio, y como para alertarnos sobre la falta de interés general en la conservación de este pedazo de historia, sólo han quedado en pie dos columnas que formaban parte del muro y la entrada, llamémosle secundaria, al hotel.

En algún momento que no puedo precisar se habló de la intención del Historiador de la Ciudad de restaurar las ruinas de 1986 para que formasen parte de una nueva edificación, presupongo que hotelera, pero esto es algo que nunca se materializó, y para lo que ya no hay tiempo.

Pasadas las dos de la tarde del día siguiente del paso del huracán, tomé mi cámara de fotos y recorrí toda la zona que va desde las esquinas de Línea y C y Línea y 2, hasta el Malecón. En lo que avanzaba, el agua -a causa de la penetración del mar- iba subiendo de nivel hasta sobrepasar mi cintura. Nadadores eventuales encontraba a mi paso, algunos flotaban en recámaras de autos o disfrutaban como en un día de playa apoyados en puertas que iban casi a la deriva por una ciudad con muros de agua. Otros charlaban sentados en las azoteas. No faltaban cervezas en sus manos, ni perros en un vano intento de callejear. Atravesando la calle Calzada el paso de una tanqueta anfibia repleta de militares me hizo tomar rumbo a la avenida Paseo. Aquí el nivel del agua ya sólo llegaba a los tobillos. A un lado la casa de mi amiga Raquel con el garaje inundado. En el otro, los diecinueve pisos del edificio donde vivieron Manolo y Lolita, y justo detrás los últimos vestigios del Trotcha. Me acerqué. Dos hombres picaban los escombros para recuperar los ladrillos. Comencé a husmear entre las paredes caídas. Creo que por instinto comencé a buscar. Hice fotografías, no quería que los afanados recuperadores de ladrillos me vieran como competencia. Sólo busco algún recuerdo, algo que conservar, les comenté. Un clavo, una argolla de hierro, no sé… Les miré durante un momento. No obtuve respuesta. Inconscientemente me senté sobre un trozo de muro y no lo pude evitar. Me sentí trasladado en el tiempo. Qué pena -pensé. La gente recorría las calles viendo los destrozos. Pasaban frente a nosotros. Miraban con cierta curiosidad. Al levantarme vi algo de piedra con formas esculpidas, como la parte terminal de un capitel o el adorno de una columna. La piedra estaba mojada y con restos de fango. La cargué bajo el brazo y me fui. Dejé haciendo su trabajo a los nuevos habitantes del Trotcha, que dormirían entre los ladrillos que fueron sus paredes. Al pasar por las dos únicas columnas que han quedado en pie, pude ver que una pieza parecida remataba la parte más alta del pilar de la derecha.

Dejé secar la piedra a la sombra. Pasados unos días la cepillé suavemente, sólo pretendía quitar la tierra. Como acariciándola, mis manos palparon las huellas de los años en los que El Trotcha fue un glamuroso hotel. Ahora yo atesoro una parte de su historia, al igual que aquellos hombres atesoran sus ladrillos (seguro que sin saberlo) y sentado en un sofá ajeno, mientras bebo un café, vivo.

Guillermo Torres

La Habana, 19 de enero de 2018

 

Cronología ilustrada:

1886 – Salón Trotcha. Se construye este salón que alcanza gran éxito y se convierte en un sitio de moda para la sociedad habanera.

1890 – Como resultado de la acogida del salón y del auge y desarrollo del barrio del Vedado, se   construyen, a manera de ampliación, dos pisos en los altos del salón (20 habitaciones, una suite, servicios sanitarios, baños comunes, cocina y restaurante bar), dando origen al Hotel Trotcha. Constructivamente, la cubierta se fabricó de madera acabada con tejas francesas, y las ventanas exteriores del nivel principal tenían vitrales de medio punto y cristales de colores, resguardadas por barandas de hierro fundido de 90 cm de altura que formaban pequeños balcones. El falso techo se hizo de barrotillo (listones de madera enyesados). El jardín rodeaba toda la edificación (fotos 1 y 2).

1902 – Se decide realizar una segunda ampliación del hotel y se construye un nuevo bloque en el terreno contiguo. Consta de dos plantas en madera con una arquitectura muy poco común en la ciudad, y un corredor a todo lo largo de la fachada con barandas de hierro forjado de gran elaboración. A esta sección se le nombra El Edén.

 

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1904 – Se lleva a cabo la tercera y última ampliación. Consistió en una nueva edificación de tres plantas a la que se le llamó Washington y se construyó con muros de carga de ladrillos de 40 cm de grosor. Los entrepisos y la cubierta se resolvieron con el sistema de viga por losa. En la parte central del bloque se alzó la escalera que conducía a los pasillos de acceso a los niveles segundo y tercero. El Gran Hotel Trotcha funcionó como tal hasta la crisis de la década de 1930, a partir de la cual se convirtió en una casa de huéspedes de 60 habitaciones.

1986 – Un fuego devastador destruye totalmente la edificación, quedando solamente en pie el portal de la entrada principal precedido por cuatro columnas, y los dos pilares que daban acceso secundario al hotel (fotos 3 y 4).

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2017 – El 9 de septiembre el huracán Irma derrumba la casi totalidad de las ruinas (fotos 5 y 6). Los muros y restos de columnas han sido demolidos. Al día siguiente algunos civiles recuperan los ladrillos de entre los escombros para ser reutilizados (foto 7). Sólo permanecen los pilares de la entrada secundaria (foto 8). Un admirador e interesado en la historia del Hotel Trotcha, mientras hacía fotografías de la zona rescata de entre los escombros parte del adorno esculpido en piedra del terminal de la columna izquierda del portal (foto 9).

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About Guillermo Torres

Guillermo Torres (La Habana, 1958). Graduado de Pedagógico Superior, Univ. de La Habana. Redactor literario. Escritor. Actualmente reside en Barcelona.

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Artículo publicado el 10/02/2018 por y etiquetado , , , , , .

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