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CALIDAD DE VIDA EN LA CIUDAD OCCIDENTAL | Isabel Sierra

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Calidad de vida en la ciudad occidental - urban living lab

Preguntarse en estos días sobre la calidad de vida parece un lujo, aunque hablemos de ciudades occidentales.  El derecho mismo a la vida se cuestiona cada día en el mar Mediterráneo, en los países que “acogen” a los refugiados que viven en condiciones indignas, y también en muchos países en el mundo en los que ni siquiera se tiene acceso al agua potable.

La relatividad de nuestro mundo es cada vez más profunda, como lo van siendo las desigualdades sociales y personales, la progresiva desnaturalización del ser humano y sus organizaciones.  Pero precisamente por eso queremos recordarlo: a qué podemos llegar, según los avances científicos globales permiten. A qué condiciones de vida tenemos derecho en un siglo XXI en el que ya sabemos qué necesitamos como seres humanos, qué técnicas y tecnologías nos permiten cubrir esas necesidades y qué papel juegan las políticas para favorecer o retrasar el progreso, según su ideología e intereses corporativos.

El dilema entre ciencia y religión, que condicionó durante siglos la idea del papel del ser humano en el mundo, se ha trasladado durante todo el siglo XX a un nuevo dilema: la “verdad” que aporta el conocimiento, la ciencia, la técnica, por un lado,  y la disposición de la política en fundamentarse en esos parámetros o bien ignorarlos sin siquiera pestañear, por otro. Más allá de las divisiones clásicas de izquierda y derecha,  la honestidad y la voluntad de servicio al ciudadano son las que hacen que se tienda hacia un lado u otro.  Es más, la esencia misma de la política debería estar, a nuestro juicio, íntimamente ligada a la voluntad de poner a disposición de todos/as las mejores condiciones de vida que el conocimiento, en cada momento histórico, nos permita.

¿Cómo se entiende que el descubrimiento de vacunas o medicamentos que curan pandemias se reserve a aquellos países que pueden pagarlas?  ¿Cómo podemos explicar que el acceso al agua potable se ponga en cuestión en función de beneficios particulares de las empresas que la gestionan?  ¿Cómo permitir que la energía se encierre cada vez más en beneficio de los que pueden pagarla y lleguemos a la situación de pobreza energética que, en pleno siglo XXI, está viviendo parte de nuestra población?

Y en la ciudad todo se evidencia.  Uno de los objetivos de UN HABITAT en el acuerdo de Quito 2016, es precisamente “renovar el compromiso mundial con el desarrollo urbano sostenible, reúne un conjunto de objetivos para erradicar la pobreza, proteger el planeta y asegurar la prosperidad para todos” (1)  Es evidente que un objetivo tan amplio y global no puede tener un mismo ritmo de desarrollo en todos los continentes, ni en todas las ciudades. Los puntos de partida son muy diferentes y las condiciones de desarrollo urbano demasiado heterogéneas.

Pero los seres humanos tenemos los mismos derechos y las mismas necesidades, o similares, en todo el mundo. ¿Cómo conciliar este gran agujero negro?  ¿Quiénes son los agentes mundiales, nacionales y locales que pueden contribuir a un mayor equilibrio?  Sin querer quitar importancia a los retos que se plantea Naciones Unidas respecto a los asentamientos humanos, y especialmente a las ciudades,  creo que la traducción de la Agenda Urbana internacional ha de partir del conocimiento exhaustivo de más de un aspecto: no sólo el estado de urbanización y potencial de desarrollo urbanístico (que puede traducirse fácilmente en oportunidades de negocio en los países en desarrollo), sino especialmente en el análisis en profundidad de las condiciones en las que viven las poblaciones, los colectivos más vulnerables y, especialmente, la no cobertura de los derechos humanos.

No puede aplicarse una política urbana de desarrollo máximo, a mi entender, en países y ciudades que disponen de capital para ello, pero que no acompañan esa política con la del crecimiento económico equitativo,  la sostenibilidad medio ambiental y, especialmente, los derechos humanos.  En definitiva, si la Agenda Urbana no se construye en cada país y ciudad desde el equilibrio entre la “piedra y la persona”, sólo será un negocio para unos pocos.

Vamos entonces a aportar, en este escrito, una aproximación a lo que la “calidad de vida” se refiere. Desde el paradigma de las Ciudades Saludables de la Organización Mundial de la Salud, ya hace más de dos décadas que se han ido definiendo parámetros y elementos urbanos que se ajustan a las necesidades de salud de las personas y las comunidades. (2)  En estos momentos, se pone el foco en la Gobernanza inteligente y enfocada a la salud (Smart Governance for health and wellbeing) que va un paso más allá en la concreción de la filosofía de Salud en todas las Políticas, es decir, en abordar los determinantes de la salud desde sus orígenes (medioambientales, socioeconómicos, genéticos o psico-sociales)  Esta estrategia, además de desarrollarse en políticas regionales o nacionales, tiene una expresión concreta en las políticas urbanas, mediante diversos instrumentos:

1)  Análisis de la realidad urbana, integrando los aspectos urbanos, en cuanto a espacio público, equipamientos y transportes, con la dimensión humana del uso de la ciudad. Realizando estudios de barrios, zonas, dinámicas de movilidad y uso de servicios, etc. que tengan en cuenta las necesidades de las personas, desde el punto de vista de socialización, interacción y participación en proyectos formativos y culturales y, especialmente aquellos factores que pueden afectar a la salud de las personas, como la contaminación del aire y el agua, el ruido excesivo, la dificultad para moverse y desplazarse, así como hacer ejercicio físico y acceder a los servicios sociales y de salud.

2)  Planificación urbana que contemple aspectos micro  – en cuanto a territorios pequeños en los que ciertos colectivos desarrollan su vida cotidiana, como niños y personas mayores- y aspectos macro –pensando en los desplazamientos por trabajo,  la gestión del tiempo, servicios colectivos y cooperativos, equipamientos móviles, viviendas adaptadas al ciclo de vida de las familias,  equipamientos flexibles según necesidades diversas de uso, etc…

3)  Participación de la ciudadanía –en forma asociativa o directa- en el diseño, formalización y uso de los espacios públicos y equipamientos, mediante dinámicas interactivas que permitan poner la salud y bienestar de la población en el centro, teniendo en cuenta la diversidad de necesidades de la ciudadanía y facilitando la inclusión, la convivencia y la creación de comunidad.  En este sentido, está claro y comprobado que las propuestas urbanas facilitan o dificultan determinadas actividades y concepciones de la ciudadanía en relación a su entorno, pudiendo convertirse éste en elemento a favor o en contra para las condiciones de vida de calidad.

Si estas condiciones son vistas desde una visión universal, en todas las ciudades del mundo podríamos escalarlas de forma que tuviesen en cuenta en punto de partida de la ciudad, en cuanto a nivel y calidad de urbanización, así como también proyectar las mejoras progresivas que requiere cada ciudad, a partir de la priorización de su población, del compromiso en el buen uso de los elementos comunes y la mejora de los espacios privados –hogares- desde el punto de vista de la salubridad, seguridad, servicios mínimos y mantenimiento.

Hay muchos niveles de desarrollo, como vemos, para conseguir un entorno saludable, tanto desde la escala vivienda como el medio ambiente.  Y muchas las políticas implicadas: medioambientales, de vivienda, de urbanismo a escala ciudad y escala regional, de transportes, espacios verdes y acceso y calidad  del agua.  Desde la ciudad tenemos dos compromisos mínimos: conocer adecuadamente la situación en la que viven nuestros ciudadanos desde la visión más amplia posible y planificar las acciones necesarias para garantizar los derechos básicos  para la vida humana y los servicios y elementos urbanos que los facilitan.

La Smart Governance, o Gobierno inteligente, que no deja de ser el eficiente, debe entonces basarse más en las particularidades de la ciudadanía y los aspectos territoriales de la ciudad, que en otros parámetros: política basada en la evidencia, en definitiva.  Y en eso sí pueden ayudar, y mucho, las tecnologías de la información, en el conocimiento, la comunicación directa con y de la ciudadanía y la mejora continua del entorno urbano, tanto en sus aspectos físicos como sociales.

Isabel Sierra, 2017

 

(1) Los Objetivos de Desarrollo Sostenible y la Nueva Agenda Urbana se debaten en España

(2) Programa Ciudades Saludables de la Organización Mundial de la Salud

 

About Isabel Sierra

Isabel Sierra es doctora en Psicologia por la U.A.B y se ha especializado en los ámbitos de la salud y sociedad, así como en la más reciente corriente que estudia la relación del espacio con los seres humanos y los comportamientos ambientales de éstos, la psicología ambiental. Ha compaginado su trabajo en la administración pública en Cataluña en el ámbito de la mejora social urbana, con la colaboración académica y de investigación en diversos campos, siempre desde la línea específica del estudio de las condiciones de vida de las personas y su calidad de vida. Autora del libro “Ciudades para las Personas” de la Editorial Díaz de Santos y directora del Estudio sobre Calidad de Vida Urbana, realizado en municipios de Cataluña de forma piloto en 2014 y en fase de elaboración conceptual. Colabora habitualmente en diversos blogs de ciencias sociales y de la salud, urbanismo y política social.

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Artículo publicado el 10/06/2017 por y etiquetado , , , , , , .

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