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AMELIA Y SU HERMANO EZEQUIEL | Guillermo Torres

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Foto: EFE/Alejandro Ernesto

¿Cuándo empiezan a comprender los que se van que
los que se quedan los van olvidando? (D. M. Loynaz)

En el número 14 (bajos) del pasaje O. Giquel en la Habana vivieron antes del triunfo revolucionario Amelia y su hermano Ezequiel. Amelia salió de su pueblo en 1955. Ezequiel no recuerda si su hermana había cumplido la mayoría de edad cuando desapareció según comenzó el amanecer de aquel 3 de mayo. La desesperación de sus padres sólo se vio opacada por la sorpresa de Asunción, la madre, al ver que varios de sus vestidos no estaban en el escaparate. Ni la polvera y el pintalabios que guardaba como recuerdo de su boda. Ernesto, el hasta ahora despreocupado padre no le dio importancia, ¿para qué?

Han pasado muchos años desde aquel día. Han pasado muchas cosas. El silencio las ha protagonizado, a veces. Ezequiel apareció una tarde en el barrio de Los sitios, en La Habana. Los que le recuerdan sólo saben que fue el día en que los del movimiento 26 de julio asaltaron la gasolinera de Zanja. El revuelo fue tal que se hizo imposible salir durante el resto de la tarde. Incluso ya entrada la noche los jeeps repletos de esbirros de Batista seguían patrullando toda la zona. La policía secreta se empeñaba en ir de incógnito, pero por mucho esfuerzo que hacían no lo lograban. En muchas de las aceras habían manchas de sangre resecas, en otras tiraban cubos de agua, y en los alrededores de la carpintería de Lalo había un mar de aserrín por todos lados. Dicen que la balacera allí fue muy grande, y que los esbirros habían alcanzado a varios revolucionarios con sus metrallas. Pues ese día apareció Ezequiel en el barrio, aunque aún nadie le conocía ni sabía de su existencia. Mercedes, la vecina del 14 (altos) pensó que era uno de la clandestinidad cuando lo vio salir de casa de Amelia. Ella estaba asomada al balcón. Quedó un poco sorprendida porque hacía sólo unos minutos le había dado voces a Amelia por el patio… ¡Amelia, Amelia… están asaltando la gasolinera!

Mercedes era simpatizante del movimiento 26 de julio, aunque nadie lo sabía. Ella quería colaborar, pero no tenía idea de cómo, hasta que una mañana en que fue a la botica en busca de aspirinas, vio a una joven muy distinguida que compraba supositorios. Le llamó la atención que en la bolsa iban varios paquetes de gasa y esparadrapo. Mercedes, de tan curiosa que era se asomó detrás del mostrador cuando Panchín, el farmacéutico, acompañó a la joven hasta la acera. Me da aspirinas, requirió. Cuando Panchín se giró a buscar las pastillas ella, casi puesta de puntillas, se abalanzó sobre el mostrador. Algo vio que no le era familiar en una botica. ¿Ahora venden pañuelos?, preguntó directamente y sin una pizca de discreción. Son un encargo de la Sra. Doris. Mi esposa compró unos pañuelos en La Época hace unos días. Tan pronto los vio quiso unos iguales… el recadero fue y se los trajo. Es una combinación muy llamativa, se apresuró a decir Mercedes, aun cuando no había caído en cuenta de lo que estaba por descubrir. Ya de regreso a su casa lo ocurrido no se le iba de la cabeza. Al mediodía la llamó una amiga para invitarla al cine. En el Neptuno pasan Las Nieves del Kilimanjaro, le dijo. No lo pensó dos veces y en la sesión de las cinco estaban acomodadas en la platea del cine. El noticiero, como siempre, les haría esperar. Cuando comenzó la película Mercedes no demostró entusiasmo alguno, ni al comienzo ni al final. Su amiga la notó nerviosa, pero no le dio mucha importancia. Aún sentadas en las butacas la amiga le dio un golpecito en el brazo con el codo… ¿Qué te pasa mujer? ¡Anímate! ¿No te gustó la película? Sí, claro que sí… pero las noticias me ponen nerviosa. Era simple. Mercedes había tenido la respuesta que buscaba sobre los pañuelos del boticario. Una de las imágenes del noticiero mostraba a un hombre balaceado tirado en medio de la calle y a un policía a su lado con la metralleta en la mano. El torso del hombre estaba al descubierto y teñido de sangre. La bota del esbirro le pisaba el brazo derecho, intentando que no se viera una especie de pañuelo rojo y negro que llevaba atado. Fue suficiente, aunque en el barrio la tenían como una simple costurera ella sabía lo que tenía que saber. Al día siguiente salió rumbo a la calle Monte, a una pequeña tienda donde vendían restos de tejidos. Quiero algo bien rojo, es para una capa de Shangó. No hizo más que dejar los tres metros de tela en su casa, fue directo y con prisa hacia la calle Obispo. El dependiente ya la conocía, era una buena clienta. Tengo un encargo de un traje sastre en fucsia y le pondré el forro en negro, unos tres metros por favor. ¡Ah!, y ponme un rollo de cinta de algodón blanca, aquella que se usa para remates. Cuando regresó al pasaje O. Giquel llevaba la excitación propia de los que se sienten ilusionadamente útiles. Sin ser consciente de ello ahora trabajaba para la clandestinidad, y sin saber por qué tocó en la puerta de Amelia.

Amelia se asomó a la ventana con un pañuelo de flores en la cabeza que medio ocultaba sus rulos, y con unas felinas gafas de sol puestas. Hola Mercedes… dijo haciendo un ademán con la mano como si le molestara el sol. Mercedes miró a ambos lados de la calle, y luego al cielo. ¿Te pasa algo?, preguntó.

Amelia estaba ocupada arreglándose el pelo, la uñas y todo lo que fuese menester. Esa noche le tocaba trabajar. Cantaba en un club nocturno a varias calles de allí, en el Tikoa Club. De martes a jueves a las 10 de la noche, y de viernes a domingo a las 6 de la tarde. No era una buena cantante. Su voz, algo más grave que lo usual, le daba cierto aire con Elena Burke, la del cuarteto las D´Aida. Quizás por ello la habían contratado.

Mercedes y Amelia no se habían visto el día que asaltaron la gasolinera. Mercedes le avisó por el patio, pero no tuvo respuesta. Cuando se asomó al balcón vio a un hombre salir corriendo de casa de Amelia, con la camisa desabotonada. No escuchó el ruido de la puerta de los bajos al cerrarse; ella cerró la de su balcón. El tiroteo se oía bastante cerca.

El día en que Mercedes compró las telas estuvo toda la noche cortando y cosiendo. El ruido de los pedales de la máquina de coser se escuchaba en casi todo el pasaje. Amelia cantaba esa noche. Por lo general llegaba pasadas las doce. Cuando acababa su actuación solía beber una copa sentada en la barra, la mayoría de las veces sola. Quizás algún conocido del Tikoa se le acercaba, cruzaban dos palabras y ya. Sólo una tarde de sábado al terminar de cantar, un joven evidentemente de provincia se le acercó. La saludó cortésmente, sin elogiar su voz. El saludo fue corto. Alargó su mano y la miró a los ojos. Soy de Sagua La Grande, he venido a vivir hace poco a la capital. Me eres familiar. Tu rostro… Tus ojos… Me recuerdas a un buen amigo del pueblo, se llama Ezequiel. Amelia quedó enmudecida. No pudo esconder que también era de Sagua. Contuvo su sorpresa. No recuerdo ahora, dijo. Podría ser… tengo muchos primos, algunos ni los conozco. Vine a vivir a La Habana hace ya 10 años. Mi padrino es empresario y mi representante, mintió. Pues ya nos veremos alguna vez, le contestó el joven. Este bar me gusta. Y sin más, Emilio, que ese era su nombre, regresó a su mesa donde le aguardaba un hombre algo mayor que él.

Esa misma noche, cuando Amelia llegó a su casa sintió el ruido de la máquina de coser de Mercedes. Abrió la puerta del patio y encendió la luz. Era la forma de comunicarse que tenían por las noches. Tengo un encargo urgente, le explicó Mercedes. Amelia adivinó que esa noche no podría descansar.

El asalto a la gasolinera solamente tuvo éxito moral y político. Dinero había poco. Los pisteros se hicieron de la vista gorda y el de la caja la abrió tan pronto vio entrar a los muchachos gritando en nombre del movimiento 26 de julio. Dos mujeres llevaban unos pasquines que lanzaban al aire. Hasta ese momento todo iba bien. La casualidad hizo que una patrulla llegase a la gasolinera en ese momento. En un principio, la reacción fue de sorpresa para todos. El grito de Abajo Batista puso en guardia a la policía que sacó sus armas y comenzó a disparar. Para ese entonces un jeep del ejército llegaba y sin más se empezaron a escuchar ráfagas de metralleta. Los que atravesaban Zanja, los que iban rumbo a Belascoaín, los revolucionarios… una masa humana se desperdigó en todas direcciones. Los cuerpos caían sangrantes, algunos caían e intentaban levantarse, se ocultaban tras los carros parqueados y tras los que se detenían por los impactos de las balas. La noche no se hizo esperar. Se oían gritos de ¡Asesinos… asesinos!

A dos calles de Zanja estaban Amelia y Mercedes, y como más tarde supo esta, Ezequiel. Cuando Mercedes vio salir a aquel hombre del apartamento de la planta baja pensó que podría ser un revolucionario. Ezequiel, al llegar a la esquina se detuvo, miró en dirección a la casa. Mercedes pudo ver su rostro iluminado por la farola. Reconoció en él a Amelia en pantalones y zapatos a dos tonos. El parecido era asombroso.

Luego de estar cosiendo durante toda la noche, Mercedes coló café, se dio una ducha y a las 10 de la mañana fue en busca de más aspirinas. Llevaba su cartera colgada en el brazo izquierdo y una bolsa de Fin de Siglo en la otra. Cuando llegó a la botica Panchín no estaba en el mostrador. Está preparando una fórmula, le explicó el ayudante. Puedes decirle que le espero. Traigo un encargo de la Sra. Doris. El ayudante no tuvo tiempo de dar una respuesta a Mercedes. La mirada de sorpresa de Panchín apareció tras él. ¿En qué puedo ayudarla? No, todo está bien. Vengo a traer unos pañuelos que la Sra. Doris pidió a la tienda, son de muestra. Si quieren más pueden hacérmelo saber en el número 14 (altos) del pasaje O. Giquel. Tengan buenos días. Mercedes se despidió pensando que no sería capaz de llegar a la acera. Sus piernas temblaban. Su cabeza daba vueltas. Sintió náuseas. Apuró el paso, como si alguien le siguiese. A esa hora la calle San Miguel era un hervidero de gente.

Cuando Ezequiel corrió en dirección a la calle Zanja no tuvo en cuenta el peligro que podía correr. Las balas zigzagueaban en todas direcciones. La gente se escondía en portales y comercios. Había escaparates rotos. Carretillas de vendedores ambulantes volteadas en plena calle. Gritos. Sangre. Gritos. Ezequiel intentaba saber qué pasaba. Intentaba ayudar. La gente pasaba a su lado sin reparar en él. Se refugiaban. En la acera opuesta un cuerpo yacía con las piernas en la calle. Un carro de policía le arrolló a pesar de ya estar muerto, así, sin más. Ezequiel atravesó la calle. Arrastró aquel cuerpo hasta un lugar seguro. No podía hacer otra cosa. Se quedó parapetado detrás de un muro. Quizás alguien necesitaría ayuda. De repente la culata de una escopeta le golpeó en el hombro, cayó al suelo y fingió estar desmayado. Sintió cómo se alejaba la pareja de policías. Se incorporó y corrió en dirección contraria. ¡Ezequiel!, oyó que le llamaban. ¡Aquí, aquí… en la carpintería! Ezequiel entró. Saludó con un ademán a Lalo, el carpintero y se acercó al joven que le había llamado. Era Emilio, su amigo de Sagua La Grande. No hubo sorpresa para ninguno de los dos. Ayúdame, no sé dónde ir, y estar aquí es peligroso. Lalo asintió dando la razón a Emilio y le dio una toalla para que taponase la herida que tenía en el vientre. Lalo no dijo más. A pesar de que Ezequiel le había saludado, no le conocía. Hace unas semanas Amelia le había pedido que arreglase los balancines de un viejo sillón que tenía en casa. Nada más.

Los dos hombres salieron con prisas de la carpintería y doblaron por Oquendo. Hicieron un alto en la Sociedad de Torcedores, las puertas estaban abiertas. Alguien les dijo que no era un lugar seguro, podía venir la policía en cualquier momento. Tenían que llegar lo antes posible al pasaje. Esta vez entraron si ser vistos por Mercedes. Ezequiel había olvidado cerrar la puerta al salir.
En los días que siguieron a estos sucesos la tensión política aumentó. Mercedes aún tenía mucha tela que cortar. Amelia salía más temprano rumbo al Tikoa, y algunas noches en que circulaban noticias de posibles revueltas se quedaba en el club toda la noche, hasta el cierre. Uno de los camareros, el negro Isidro, la acompañaba hasta la casa. Cuando se despedían él la miraba con una mezcla de curiosidad y deseo, pero no se atrevía a nada más. Ezequiel no volvió a aparecer por el barrio. Al día siguiente del asalto Mercedes interrogó a Amelia, que sin mucho rodeo la convenció de que aquel hombre que había visto era su hermano, que había llegado ese mismo día de Sagua a traerle unos recuerdos familiares. Su padre había muerto dos meses atrás y ella no había podido ir a ver a la familia. ¿Pero se fue tan rápido?, insistió Mercedes. No lo he visto más. Él es así. Nunca está mucho tiempo en ningún sitio, continuo Amelia. Desde niño vive como escondido de la realidad…

Mercedes tenía un baúl de doble fondo. Siempre había fantaseado sobre qué esconder allí, pero nunca había tenido necesidad de ocultar nada, hasta ahora que cosía brazaletes para recaudar fondos para la clandestinidad. Una vez terminados los planchaba y de uno en uno los iba apilando en el doble fondo. No había vuelto a la botica ni había tenido noticias de Panchín ni de la Sra. Doris hasta esa tarde. Dos toques pausados en la puerta le hicieron levantarse de prisa y dejar de coser. ¡Un momento por favor! Hizo un bulto con las rojinegras telas y lo metió todo de golpe en el baúl. Tenía que arriesgarse y abrir la puerta desde arriba. Asomada en el rellano tiró de la cuerda y abrió la puerta que daba a la calle. Respiró tranquila. Era el ayudante del boticario. El muchacho le saludó y le explicó que tenía un encargo de la Sra. Doris. Sube por favor… sube.

A partir de ese día, aunque no por mucho tiempo, las idas y venidas del ayudante del boticario al pasaje O. Giquel, y las de Mercedes a la farmacia, se hicieron muy frecuentes. Todo se reducía a eso, los brazaletes. Una tarde el ayudante llegó a casa de Mercedes. No iba a recoger brazaletes. El Sr. Panchín le invita para ir con un grupo de amigos al club Amanecer. Este era uno de los sitios de moda por aquellos años. Cuando llegue dígale al portero que está invitada por la Sra. Choni, todos allí la conocen. Mercedes pensó en decirle a Amelia. Para ella era algo nuevo esto de recibir invitaciones para los clubes de moda habaneros. El Amanecer era el lugar ideal para una reunión clandestina. Y con esta idea fija Mercedes se quedó dormida.

Llegado el próximo sábado Mercedes se fue a la peluquería. Cuando venía de regreso se cruzó con Amelia. Por qué no me dijiste que te peinara, casi le reprochó Amelia. No quería molestarte, como hoy trabajas de tarde. Ya había sonado el cañonazo de las nueve cuando Mercedes subió a un anchar y le pidió la llevara hasta el Vedado. Se bajó una calle antes y fue caminando despacio, preparada para seguir de largo si veía algo raro en la entrada del club. Todo estaba tranquilo a pesar del bullicio propio de las fechas navideñas y de los clientes que se aglomeraban en la acera esperando conseguir mesa. Mercedes se hizo paso entre la gente. Pidió por una reserva a nombre de la Sra. Choni. Un mulato de traje negro y corbata le acompañó al interior del club y le indicó esperase en la mesa a la derecha de la pista. No estuvo sola por mucho rato. Las parejas que llegaban le saludaban con la familiaridad de quien se conoce desde hace años, y ella respondía de igual manera. Sólo quedó libre una silla a su lado. Panchín y Choni fueron los anfitriones de la velada. No fue hasta pasadas las once que su desconocido acompañante llegó. Había empezado el show. Las luces eran tenues y el cuarteto Los Zafiros acaparaban la atención de todos. Mercedes no supo muy bien en qué momento se sentó aquel hombre a su lado. Se dio cuenta porque en algún momento sintió una fragancia raramente varonil a su lado. Volteó la cabeza y le dio las buenas noches. El hombre a su lado respondió. Mercedes sintió que su voz le era conocida. No le dio importancia. El tardío acompañante era Ezequiel. Mercedes lo supo cuando uno de los reflectores le iluminó el rostro y le vio como aquella tarde parado bajo la farola de la esquina. Para Ezequiel fue una sorpresa, digamos que preocupante. No había imaginado que la vecina de su hermana fuese de la clandestinidad. Amelia no tuvo tiempo de presentarnos, dijo Mercedes. No sabía que habías vuelto… aunque ahora creo que no te habías marchado. No te preocupes, seré discreta con Amelia. El resto de la noche transcurrió tranquila. Se habló de planes de futuro, de la lucha armada y de que faltaban días para el triunfo de la revolución. Antes de levantarse Choni indicó a Mercedes que debajo de la mesa había un sobre pegado con scotch. Lo despegó y lo puso dentro de la cartera. Salieron todos del club y entre deseos de feliz navidad se despidieron. Ezequiel desapareció tal cual había aparecido. Fue extraño ver que Choni regresaba al interior del Amanecer y que Panchín, tomando a Mercedes del brazo la ayudó a subir a su Chevrolet del año. Tomaron dirección hacia el centro de la Habana. Mercedes abrió la cartera. El sobre contenía pasquines revolucionarios.

Yo manejo, a ti te toca lanzarlos. Y acto seguido Panchín apagó las luces del carro. Mercedes provocó un aguacero de palabras de libertad y promesas de futuro. Se sintió feliz. Cambiaron de dirección y tomaron la calle Neptuno. Panchín detuvo el auto. Mercedes bajó y a paso ligero se dirigió al pequeño café del Chinito en la esquina de Marqués González que está abierto toda la madrugada. Sonrió al Chinito, el dueño. Ponme un café muy fuerte… lo necesito. El Chinito le devolvió la sonrisa.

La humeante taza estaba ahora en las manos de Mercedes. La gente anda tirando esto por ahí, dijo el Chinito enseñándole uno de los pasquines. La gente está loca y desesperada, comentó Mercedes. ¡Estamos desesperados! El Chinito no dijo nada, ni sonrió. Comenzó a fregar unas tazas mientras un carro policial se acercaba bordeando la acera.
La luz del patio de Amelia estaba encendida cuando Mercedes subió a su casa. Se asomó por el lavadero. Amelia estaba sentada en un taburete recostado a la pared, como si estuviese en el patio de la casa familiar de Sagua la Grande. ¡Eh! ¡Amelia!

¿Qué haces? Dónde estabas metida, preguntó Amelia. Tuve una cita… la pasamos muy bien. Fuimos al club Amanecer. Me encontré con el boticario y su mujer, encantadores. Ellos luego me acercaron hasta aquí -mintió. Mercedes se mordía la lengua mientas hablaba. Le había prometido a Ezequiel ser discreta. Qué hermanos más distintos, pensó. Amelia siempre está a la vista de todos. Vive sin más razón que cantar en el Tikoa. Ezequiel aparece en pleno tiroteo. Es revolucionario. Desaparece sin dar tiempo a más.

Puedo bajar a conversar un rato, preguntó Mercedes. No es buen momento, me duele la cabeza. Mercedes sonrió pensando en decirle a Amelia que se aflojara los rulos, pero en ese momento vio una camisa de manga larga en el tendedero. Tienes visita, preguntó. No, contestó Amelia. Ya sabes que estoy sola. Desde el día del asalto a la gasolinera Emilio había permanecido escondido en casa de Amelia. Ezequiel lo había casi arrastrado hasta allí. Al día siguiente, estando Mercedes para la botica, una joven muy distinguida, en realidad enfermera, había ido a curar a Emilio. Estuvo en casa de Amelia hasta después de las 4 y media de la tarde, cuando Mercedes salió camino de la farmacia con un cartucho de la bodega lleno de brazaletes.

El año 1958 estaba tocando a su fin. La Habana era una ciudad presa de la euforia contenida. Las noticias sobre el avance de las tropas revolucionarias corrían de boca en boca. Mercedes entraba y salía. Hacía días no se tropezaba con Amelia. El 28 de diciembre Mercedes se acercó al Tikoa. Era domingo y Amelia cantaba en el pase de las seis de la tarde.

Hace dos días que no viene a trabajar. Estábamos preocupados, pero pasó un joven que suele venir por aquí a decir que Amelia estaba para Sagua. Con esta explicación dada por el dueño del club Mercedes se regresó algo más tranquila al pasaje O. Giquel. Ezequiel no había vuelto a aparecer. En el 14 (bajos) el silencio era absoluto. Sólo una tarde Mercedes había creído sentir algún ruido en el patio. Será algún bicho, se dijo.

En escasos tres días la Revolución había triunfado y los soldados de Fidel venían rumbo a La Habana. El día 8 de enero de 1959 gran parte del pueblo esperaba para ver pasar a los revolucionarios. En 23 y M, frente a la CMQ, la caravana de barbudos hizo un alto para saludar a los periodistas y al pueblo, en ese instante Mercedes divisó a Choni y a Panchín en la escalera de acceso al hotel Habana Hilton. Mercedes agitó con más ahínco la bandera del 26 que había reservado para cuando llegase ese momento. Eran tantos que fue imposible captar la atención de sus compañeros. Una mano apretó el hombro de Mercedes que se volteó sorprendida. ¡Ezequiel!, gritó y se lanzó a su cuello. Ambos sonrieron. ¿Y Amelia? ¿Ya regresó? Ezequiel llevaba una barba de varios días. Su mirada y su voz seguían recordando a su hermana Amelia. Mercedes siempre les encontró un gran parecido, pero era curioso, nunca los había visto juntos.

Ezequiel sacó una llave del bolsillo trasero de su pantalón. Toma, le dijo a Mercedes. Amelia quiere que recojas sus cosas. Puede que se quede a vivir en Sagua, acompañando a nuestra madre. Puede que no regrese nunca. Gritos de Viva la Revolución no dejaron a Mercedes escuchar esta última frase, para ella “nunca” hubiese sido demasiado. Ezequiel volvió a desaparecer entre la gente, llevándose también consigo su fragancia raramente varonil y su voz ligeramente grave.

Ha pasado el tiempo, 60 años. Mercedes sigue viviendo en el número 14 (altos) del pasaje O. Giquel. En el 14 (bajos) hay una cafetería privada que en las noches de viernes y sábado hacen música en directo. Mercedes se casó tardíamente, en los años 70. No tuvo hijos, pero se había hecho cargo de los hijos de una prima que se fue del país por Camarioca. Pasado el tiempo, estos hijos ajenos que crió se fueron del país por el Mariel. Se quedó sola con su marido que falleció en 1994. Como era buena costurera había conseguido trabajo como profesora de corte y costura en la federación de mujeres. Luego Choni, con la que siguió la amistad, le resolvió para que trabajase como sastra en el ballet nacional. Allí trabajó varios años hasta que comenzó a tener problemas de vista. Se retiró y se dedicó a coser ropa religiosa, como ella solía decir. Siempre recordaba cuando compró tela muy roja para una capa de Shangó, una de las anécdotas preferidas que contaba de su juventud revolucionaria.

Mercedes nunca más supo de Amelia ni de Ezequiel. Ni una carta ni un encuentro casual. Hacía un año más o menos que se había encontrado con Choni que se iba a operar de cataratas en el Ameijeiras. Se reconocieron de puro milagro, pensaron las dos. Choni le comentó que hacía unos meses había visto a Ezequiel, ya mayor, como ellas, pero con mucha planta todavía. Le había reconocido por la voz. Hablaron poco. Su vida no tenía casi nada de interesante y era poco lo que tenía para contar. Le dijo que Amelia había regresado a La Habana después de morir su madre. Que había ido a buscar trabajo al Tikoa y lo encontró convertido en un antro de mala muerte; al final tuvo que aceptar cuidar al padre de Emilio, el amigo de ellos de Sagua cabecilla de los que asaltaron la gasolinera de Zanja y que en el 80 se metió en la embajada del Perú como escoria gay y del que nunca más se supo. Cuando el señor murió, Amelia se quedó con el apartamento y tuvo que salir a buscar trabajo. Uno de los camareros del Tikoa la metió a trabajar en el guardarropa de Las Vegas, en realidad otro antro, pero allí recuperó las ganas de cantar, y yendo de aquí para allá ahora actuaba en algunos bares privados de la ciudad. ¡Qué falsa esta Amelia! Regresó y no me fue a ver, le dijo Mercedes –sin tener en cuenta el paso de los años. Y eso que sigo viviendo en el mismo lugar…

Cuando Mercedes vio por última vez a Ezequiel frente a la CMQ, este le entregó la llave de la casa de Amelia. A los dos días Mercedes bajó para recoger y guardar las cosas de su vecina. No había mucho. Varios vestidos de actuación, collares y pendientes, cosméticos y algunas colonias. Las olfateó, pero ninguna le resultó raramente varonil. En la cómoda había una peluca con los rulos puestos y el pañuelo de flores. Mercedes se echó a reír recordando a Amelia asomada por la ventana toda enrulada fingiendo que era su pelo. Dobló la ropa con cuidado, sobre todo aquel vestido de raso negro con el lazo a la cintura y cuello barco con la espalda descubierta. ¡Qué bien le quedaba a Amelia! Regresó a su apartamento y continuó con su vida.

Hace apenas dos semanas Mercedes fue a desayunar a la cafetería que hay en los bajos de su casa. Esto era un pequeño lujo que se daba cada vez que sus hijos de crianza le mandaban unos dólares desde Miami. Era viernes. Un cartel anunciaba la actuación de Amelia Tikoa. Su sorpresa fue tan evidente que la camarera le tuvo que explicar que era el nombre artístico de un transformista que actuaba esa noche. ¡Ah! Qué alivio, dijo Mercedes. Es que hace años tuve una amiga que se llamaba Amelia, cantaba en el Tikoa Club y vivía aquí en esta casa, donde tienen ustedes la cafetería. Pensé que era ella. La camarera sonrió… eso sería como una película, dijo, y se fue a reponer cervezas en la nevera.

Esa noche Mercedes esperó que empezara la actuación. Desde el balconcito de su lavadero se seguía viendo el patio de los bajos, que lo habían arreglado como escenario. Cuando el artista comenzó a cantar se sorprendió del parecido que tenía su voz con la de Elena Burke, como le pasaba a Amelia en sus buenos tiempos. Desde arriba no le podía ver la cara, pero su pelo era muy parecido al de Amelia. Buena imitación, pensó. De pronto se le ocurrió bajar a ver el show, pero no tenía ropa adecuada. Recordó que aún guardaba aquel vestido de raso negro. Buscó en una caja encima del escaparate y allí estaba, junto con la peluca con los rulos aún puestos. Mercedes se mantenía delgada. Sacudió el vestido como para sacarle de encima los años que llevaba guardado y el olor a alcanfor. Con un poco de esfuerzo pudo cerrar el zipper del vestido. Se peinó más o menos y se calzó unas sandalias doradas que le habían mandado del norte. Regresó al balconcito a mirar, y allí se quedó. No tuvo valor para bajar. Y allí se quedó, escuchando aquella voz que la devolvía al pasado. Seis… ocho canciones. No supo ni el tiempo que estuvo apoyada en la baranda. Los aplausos finales no estuvieron mal. Se ve que había gustado. Mercedes se descalzó las sandalias doradas y entró a su apartamento. Abrió las puertas del balcón y se asomó. La puerta de los bajos ahora siempre estaba abierta. Algunos fumaban en la calle. Entre ellos se hizo paso un hombre de cierta edad. La brisa de la medianoche arrastró una fragancia raramente varonil hasta el balcón de Mercedes. ¡Ezequiel! Gritó Mercedes. El hombre se detuvo en la esquina, nuevamente bajo la farola. Se dio la vuelta y Mercedes pudo ver su rostro, su rostro aún maquillado. En una mano una bolsa, en la otra una peluca. ¡Amelia! Gritó Mercedes.

El pasaje O. Giquel se quedó desierto. Desde su balcón Mercedes pudo ver a Ezequiel acercarse hasta el número 14. Qué tal Mercedes, muchos años sin vernos. Ábreme la puerta, Amelia quiere contarte algo.

La Habana, 27 de febrero de 2018

About Guillermo Torres

Guillermo Torres (La Habana, 1958). Graduado de Pedagógico Superior, Univ. de La Habana. Redactor literario. Escritor. Actualmente reside en Barcelona.

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Artículo publicado el 23/06/2018 por y etiquetado , .

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