“…François Truffaut decía que una película es un proceso de pérdida gradual. Entre la idea que uno se hacía antes de rodarla y el resultado final hay una diferencia más o menos grande: si es pequeña el film es un éxito, si es muy grande es fallido. Así piensan los artistas del control, los demiurgos que como Hitchcock o Kubrick se proponen adaptar la realidad a su voluntad y a su sueño. Para otros, entre los que me cuento, es al revés. Cuanto menos se parece la película o el libro a lo que habían imaginado, cuanto más largo y caprichoso se revela el camino entre el punto de partida y el de llegada, cuanto más les sorprende el resultado, más contentos están. Lo que importa es el camino, no el destino, o como decía Chögyam Trungpa: «El camino es la meta.»…”
Yoga, Emmanuel Carrere
ENTREGA I
ILUSIÓN / LUCIDEZ
Son las 8 y 17 de la noche de un sábado cualquiera y me ha podido el ansia. Tengo un problema grave con lo que he estado filmando. No con lo que he estado filmando en esta película solamente, el problema viene de antes, desde mis primeros cortos, desde Melaza, se repite en Santa y Andrés. Es algo que está en mí.
Por momentos se me olvida el nivel de pesimismo que me aqueja y los planos salen lindos. Una parte de mí me dice que el cine es una galaxia diferente, que no tiene que estar permeado por la realidad. Se valen las cositas bonitas. Así la gente aguanta en la butaca y, ojo, que no lo hago para eso (no pienso en el público); es algo más profundo: es una luz optimista que hay en mi ser.
Decía Cioran que: “… todo conocimiento llevado hasta el final puede ser peligroso y malsano, porque la vida es soportable únicamente porque uno no va hasta el final. Una empresa no es posible si uno no tiene un mínimo de ilusión. La lucidez completa es la nulidad…”
La realidad es que una gran parte de mí ve todo falso. Cada elección que he hecho me parece errada. La voz de algunos amigos me resuena en los oídos: todo tiene un aire falso. La vida no es así.
Filmar una película sin esperanza es lo que más deseo en la vida, pero no puedo. ¿Seré demasiado blando? ¿Pecaré de ser muy buena persona? Conozco a unos cuantos que no creen que sea buena persona. En fin, que la dicotomía que tengo hoy me acompaña desde siempre y a veces sale a relucir, y otras no.
Me hierve la sangre al pensar en por qué este personaje sonríe en un momento o por qué esa camisa que lleva Lucrecia en la escena 5 es tan alegre. Mi vida no ha sido un campo de rosas y aun así hay un poco de luz en mi cine. ¿Me estaré ablandando… más?
Últimamente me siento más satisfecho con algunas cosas que he escrito. Es más fácil soltarme. No sé.
A la hora de editar tendré que decidir si quiero hacer una película real o una película esperanzadora.
LA MUERTE DE RAFAELA
Es un jueves 13 y no sospecho que algo tan grave pueda pasar. No es martes 13, ni viernes 13. Es un jueves. Estamos filmando en “El ferretero”, un círculo social obrero, frente al mar.
Llego bien temprano y ya está parte del equipo preparando todo. Hoy esperamos la visita del director del instituto de cine y el plan es rodar una fiesta de cumpleaños, y que la protagonista se lance al mar a nadar.
Una de las figurantes llega diciendo que no quería venir al rodaje porque, aunque estemos filmando un cumpleaños, la verdad es que tenía la sensación de que iba para un velorio. Esta figurante no es Rafaela. No es la señora que al acabar la jornada va a estar muerta por un paro respiratorio. No, es otra. Esto de filmar una película sobre una religiosa ha movido mucho las energías y pareciera que cada persona involucrada en la obra tiene algo de bruja.
El mar está tranquilo. Fallamos al no empezar por las escenas acuáticas. Colocamos la cámara en tierra mirando al mar y decido darle más “aire” al cuadro hacia abajo. El mar lo llena casi todo y hay una franjita de cielo. No es un plano esperanzador. Tampoco lo es el personaje, que está enterrada, rodeada por un mar que es casi una reja.
Las actrices se burlan de uno de los personajes que es un poco payasón. Las bromas avanzan y los actores quieren ron. De producción no les quieren dar alcohol y aun así el relajo es inmenso. Me molesto un poco, los veo desconcentrados, necesito que cada uno esté en personaje, en su drama, en su historia.
Reparten unos cafés fríos que están bien ricos. Prendo un tabaco tras el otro y echo mucho humo, para espantar las cosas malas. Otra de las figurantes, bien ancianita, viene a hablarme de mi abuelo. Dice que lo conoció. Todo es muy raro.
La madrina en la vida real de la protagonista llega y me dice que mi abuela (o el espíritu de mi abuela, ya que lleva 20 años fallecida) le había dicho que hoy, ahí, iba a estar cuidando a todos y que para demostrárselo iba a hacer tres remolinos en el mar. Los tres remolinos pasan. Es real.
Bajo toda esta magia avanza el día. Hago un plano que me encanta, ya casi al final de la tarde. Creo que puede ser un buen final, tras once tomas estoy contento. Once tomas, creo que es el plano que más veces he repetido. El script sospecha que este es el final y que no voy a querer filmar el plano final de Vicenta nadando en el mar. El script está claro, ha hecho mucho cine y tiene buen ojo.
Por suerte no llega nunca la visita del ICAIC. A la hora de la comida me alejo un poco y me pongo a masticar mirando al mar. En el rodaje como poco. Hay algo raro en el ambiente. Una de las artistas que trabaja en la película aparece con un vestuario que me calienta. Una desconocida me escribe al Messenger. Tengo que centrarme en la película. Ponerme duro.
Fumo. Suelto mucho humo. De repente, a lo lejos, veo a Rafaela. Rafaela Suárez Martínez es una de las figurantes, es una morena mayor, con los ojos tristes. Siento una energía fuerte que proviene de esa mujer. Después me cuentan que era una mujer que había hecho mucho cine y que adoraba filmar. Eso era lo de ella.
Se filma una escena de baile y empiezo con otros personajes. En un asiento veo a Rafaela conversar con la protagonista. Hablan en francés. Me parece bien raro todo. Las dos están sin mascarillas. Temo por la pandemia. Hay que proteger a Vicenta, le queda mucho de rodaje aún. No es bueno que estén tan cerca de los figurantes sin protección. Filmar en tiempos de COVID está siendo muy duro.
Tengo la sensación de que la energía se le va a Rafaela. La veo triste. Se comenta entre los miembros del equipo que la señora hace cuatro meses perdió a un hijo, y que por eso su discurso, de lo único que habla es que la vida es muy dura. Que dura, que ella quería morirse. Eso lo repitió varias veces.
Pongo a Rafaela a bailar con un señor al fondo. La filmamos. Unas horas antes la había visto más de cerca en la escena donde se soplaban las velitas. Sus ojos fuertes. Su rostro deprimido. Esa señora tenía una carga fuerte.
Luego de bailar Rafaela se agita. Le empieza a faltar el aire. Llaman a la doctora y un asistente le da un masaje en la espalda. La veo y me empiezo a preocupar. Tengo que tener mi cabeza en los próximos planos, pero hay algo que no me deja avanzar. De repente Rafaela empeora. Claudia empieza a dar gritos y llama a un carro para que venga. Veo a Claudia corriendo. Dos asistentes cargan a Rafaela que se va sin aire, y corro tras ella. A su espalda lo único que logro decir es: Todo va a salir bien mamita, todo va a salir bien mamita, todo va a salir bien mamita… Ella, casi sin respirar, me mira y asiente.
Corriendo la montan en un carro que se va chillando gomas. Estoy a punto de llorar y la asistente me dice que me ponga duro que hay que seguir. Le digo: esa mujer está mal, se puede morir. Filmo un plano más y la cabeza no me da para nada. Me molesta ver cómo la gente sigue bromeando y en sus cosas. Pienso que la vida es ese instante: ahora estás bailando, luego te pones mal y a nadie le importas. Pienso que más nunca voy a sufrir por tonterías. Pienso que más nunca voy a hacer algo que no me guste, aunque me muera de hambre. La vida es muy corta. Es un suspiro. Pasas y a nadie le importa nada. La vida sigue.
Cortamos. Veo a Claudia organizando todo y tratando de entender por qué nos ha pasado esto. Nos montamos en el carro de regreso a casa y al pasar el túnel llaman a Claudia. La señora no salió del paro respiratorio y murió. Claudia se pone a punto de llorar. Se me aprieta el corazón y pienso que estoy cargando con muchas cosas. Pienso en el nieto de la señora. Producción empieza a hacer gestiones. Hay que hablar con la familia, hacer un PCR. Llego a la casa destruido. Me baño con flores blancas y me paso un huevo. Me siento muy cargado. Ha muerto una persona en una de mis películas. Su rostro estará conmigo mañana en el rodaje, en la edición y en la película por siempre.
Esta señora estará pegada a mí de por vida. Ha muerto una persona. No lo puedo ni creer.
A las 9 de la noche hablo con Claudia para saber qué es lo que hay que hacer, si al otro día se va a decir algo en el equipo. Me cargo mucho. Tengo una rabia tremenda. A partir de ahora no quiero a nadie risueño en el rodaje. Quiero solemnidad. No puedo dormir esa noche. Lo único que veo es la cara de Rafaela. Me siento fatal. Amanece el 14 y debemos filmar en el mar, pero como si fuera una especie de maldición, el mar está muy revuelto. El mar no nos deja entrar. Al final nunca vamos a poder meter a la actriz en el agua. El mar, súper cortado, no nos va a dejar.
Todo el equipo se porta a la altura. Trabajamos callados. Hay luto en el aire. Al mismo tiempo está pasando el funeral. Los otros figurantes, personas mayores, se enteran de la muerte y no pueden creerlo. Es difícil avanzar, trabajar, crear, en estado de shock. Todos nos tratamos con pinzas. Se nos hace muy evidente una cosa que es tan obvia que se olvida: la existencia es un hilito.
A cada rato miro al banco donde estaba Rafaela unas horas antes tratando de respirar.
Va a ser un rodaje duro. Duro, pero bien duro.
Ha muerto una persona, una mujer, se llamaba Rafaela. Todavía no lo puedo creer.
Carlos Lechuga
Fotografía del rodaje de Alejandro Acevedo
